Habían pasado diez días desde nuestra partida de Florencia y desde entonces, mi amigo Giulio Grandi y yo recorríamos Emilia, y puesto que al día siguiente él tenía que volver a la oficina en Correos, salimos de Faenza, aunque lloviera a cántaros, para regresar a tiempo. Pero ya era noviembre; el cielo todo gris, los caminos enfangados y llenos de charcos, y en los árboles no quedaban sino unas pocas hojas amarillentas; hacia arriba por la larga subida las primeras montañas de los Apeninos se fundían con la niebla.
No hablábamos casi nunca, él delante y yo detrás o viceversa, mientras pasábamos por las pocas casas aisladas sin que a ninguno le entrara ganas de detenerse. Paramos en una posada, apoyando las bicicletas en la pared de afuera.
Así es como fue. ¡Verdadero como verdadero es Dios! Eran tres: Ambrogio, Carlo y Pigna, talabartero; a éste lo habían arrastrado por los pelos para salir de juerga:
—Vamos a Vaprio con el tranvía.
¡Y sin tener que llevarse a las mujeres! Tanto es así que querían gozarse la fiesta en santa paz.
Jugaron a las bochas, dieron un buen paseo hasta el río, se regalaron con una copita y al fin almorzaron en el «Mirlo blanco», bajo la pérgola.
Allí había una multitud, y el del organillo, y el de la guitarra, y las chicas sobre los columpios que gritaban, y los enamorados que buscaban la sombra; una verdadera fiesta.
Tanto que Pigna se había puesto a hacer el burro con una del grupo de comensales de al lado; coqueta ella, con la mano en los cabellos y el codo sobre el mantel. Y Ambrogio, que es un muchacho tranquilo, tiraba de su chaqueta diciéndole al oído:
—Vamos, si no empieza la pelea.
Después, en el coche celular, cuando repensaba cómo había caído en ese precipicio, creía enloquecer.
Para tomar el tranvía, al atardecer, hicieron un buen trecho de camino a pie. Carlo, que había sido soldado, decía conocer los atajos, y los hizo ir por un sendero que cortaba los prados en zigzag. ¡Esa fue la ruina!
Podían ser las siete de una bella tarde de otoño, con los campos todavía verdes donde no había ni un alma. Iban cantando, alegres por la excursión, jóvenes como eran y sin preocupaciones.
Si les hubiera faltado el dinero, o incluso el trabajo, o hubieran tenido otros problemas, tal vez habría sido mejor. Y Pigna decía que ese domingo habían gastado bien el dinero.
Como de costumbre, hablaban de mujeres, y de la enamorada, cada cual de la suya. Y el mismo Ambrogio, que parecía una gata muerta, contaba con pelos y señales lo que pasaba con Filippina cuando se encontraban cada noche detrás del muro de la fábrica.
—¡Vas a ver —protestaba cuando ya le hacían daño los zapatos— como Carlino nos hace equivocar el camino!
El otro, en cambio, seguía en sus trece. El tranvía pasaba por allí seguro, detrás de aquella fila de olmos desmochados, pero no se veía todavía por la neblina del atardecer.
—«Está bajo el puente, está bajo el puente a recoger la leña...» —Y Ambrogio detrás hacía el bajo, rengueando.
Después de un poco alcanzaron a una campesina, con una cesta colgada del brazo, que iba en la misma dirección.
—¡Suerte! —exclamó Pigna—. Ahora nos hacemos mostrar el camino.
¡Más! La muchacha estaba como un tren, era de aquellas que hacen venir la tentación al encontrarlas solas.
—¿Esposa, es este el camino para ir dónde vamos? —preguntó Pigna riendo.
Ella, una muchacha honesta, bajó la vista y apuró el paso sin hacerle caso.
—¡Qué piernas, eh! —dijo Carlino—. ¡Si va a este paso al encuentro del enamorado, feliz de él!
La muchacha, viendo que se pegaban a sus faldas, se detuvo en seco, con la cesta en la mano, y se puso a gritar:
—Déjenme seguir mi camino y métanse en sus propios asuntos.
—¡Eh, que no queremos comerla! —respondió Pigna—. ¡Qué diablos!
Ella retomó su camino, con la cabeza baja, de campesina obstinada que era. Carlo, a fin de romper el hielo, preguntó:
—¿Adónde va, bella señorita? ... ¿Cómo se llama usted?
—Me llamo como me llamo y voy donde voy.
Ambrogio quiso entrometerse también él:
—No tenga miedo, no queremos hacerle daño; somos buenos muchachos, vamos al tranvía por asuntos propios.
Como tenía aspecto de hombre de bien, la joven se dejó persuadir, también porque anochecía y se arriesgaba a perder el último tranvía; Ambrogio quería saber si era ese el camino justo para llegar a la parada.
—Me dijeron que sí —contestó ella—, pero no conozco estos lugares —y contó que iba a la ciudad para tratar de emplearse.
Pigna, de puro alegre que era, fingía creer que trataba de colocarse como nodriza, y si no sabía dónde ir, un buen sitio se lo encontraba él esa misma noche, calentito, calentito, y como era de mano larga ella le propinó un codazo en medio de las costillas.
—¡Cristo! ¡Vaya golpe! —refunfuñó, mientras los otros se carcajeaban.
—¡No tengo miedo de ti ni de nadie! —contestó ella.
—¿Ni de mí?
—¿Ni tan siquiera de mí?
—¿Y de los tres juntos?
—¿Y si te agarráramos por la fuerza?
Fue entonces que sus miradas recorrieron el campo donde no se veía un alma viva.
—¿Cómo es que su enamorado la dejó partir? —dijo Pigna para cambiar de tema.
—No lo tengo —respondió ella.
—¿De verdad? ¡Tan hermosa!
—No, no soy hermosa.
—¡Vamos, vamos! —dijo Pigna mientras galanteaba poniendo los pulgares en la cintura.
¡Por Dios que si era hermosa! ¡Con esos ojos y esa boca y con esto y eso otro!
—Déjenme pasar —decía ella riendo entre dientes, la mirada hacia abajo.
—Un beso por lo menos. ¿Qué es un beso? Podrías dejar que te lo diera para sellar la amistad; tanto, comienza a oscurecer y nadie lo vería.
Ella se defendía con el codo en alto. ¡Qué cuerpo! ¡Qué perspectiva! Pigna se la comía con los ojos, mirándola por debajo de su brazo alzado. Entonces ella se le plantó delante, amenazándolo con darle con la cesta en la cara.
—¡Dame nomás, pégame hasta que te canses, viniendo de ti me dará placer!
—¡Déjame ir o llamaré a la gente!
Él, con el rostro encendido, balbuceaba:
—Deja que te lo dé, nadie nos está viendo.
Los otros dos se meaban de la risa. Finalmente, la muchacha, sintiéndose acosada, se puso a pegar duro, medio en serio medio en broma, sobre uno y sobre otro, donde cayera. Después, levantándose la falda, se echó a correr.
—¡Ah, lo quieres por la fuerza, lo quieres por la fuerza! —gritaba Pigna, ansioso, corriendo detrás.
La alcanzó, jadeante, y la agarró con su manaza por la boca, así anduvieron a la greña zarandeándose de uno a otro lado. La muchacha, furibunda, mordía, arañaba y pateaba.
Carlo se encontró metido en medio al tratar de separarlos. Ambrogio la había sujetado por las piernas a fin de que no dejara a alguno rengo. Finalmente, Pigna, pálido, sin aire, la puso debajo y apoyó una rodilla sobre su pecho. Y entonces los tres, al contacto con esas carnes calientes, uno tras otro, borrachos de mujer, como invadidos de repente por una locura furiosa... ¡Dios nos libre!
Ella se levantó como una bestia feroz, sin decir una palabra, recompuso los destrozos del vestido y recogió la cesta. Ellos se miraban entre sí con una risita extraña. Como ella parecía decidida a irse, Carlo se le plantó delante con el rostro ceñudo:
—¡Tú no dirás nada!
—¡No, no diré nada! —prometió la muchacha con voz sorda. Ante esas palabras Pigna la sujetó por la falda. Ella se puso a gritar—: ¡Socorro!
—¡Calla!
—¡Socorro, asesino!
—¡Te digo que calles!
Carlino la agarró por la garganta.
—¡Ah, nos quieres arruinar a todos, maldita!
Ella, bajo ese apretón, ya no podía gritar, pero los amenazaba siempre con esos ojos abiertos de par en par donde podían verse los carabineros y la horca. Se tornaba lívida, con la lengua toda fuera, negra, enorme, una lengua que no podía caber más en su boca; y viéndola, los tres perdieron la cabeza por el miedo. Carlo le apretaba cada vez más el cuello en la medida en que la mujer aflojaba los brazos hasta que al fin se abandonó, inerte, la cabeza medio vuelta sobre las piedras y los ojos que mostraban lo blanco.
Uno a uno, lentamente, la dejaron, aterrados.
Se quedó inmóvil, extendida supina al borde del sendero, con la cara hacia arriba y los ojos blancos abiertos de par en par.
Pigna aferró por el hombro a Ambrogio que no se había movido, torvo, sin decir una palabra, y Carlino balbuceó:
—¡Todos, eh, fuimos los tres! ... ¡Oh, Virgen santa!
Cayó la noche. ¿Cuánto tiempo había pasado? El sendero blanquecino dejaba ver aquella cosa negra, inmóvil sobre la tierra. Por suerte nadie pasaba por allí. Detrás de la parcela de maíz se extendía una larga hilera de moreras. Un perro comenzó a ladrar en lontananza. Los tres amigos creían estar soñando cuando se oyó el silbato del tranvía, el que hacía media hora iban a su encuentro, como si hubiese pasado un siglo. Pigna dijo que era necesario cavar una fosa profunda para ocultar lo que había pasado, y por la fuerza obligaron a Ambrogio a arrastrar la muerta hasta el prado, como que habían sido los tres a pifiarla. El cadáver parecía de plomo. Después no entraba en la fosa. Carlino le cortó la cabeza con el cuchillo que casualmente llevaba Pigna. Más tarde, una vez que hubieron aplastado la tierra pisoteándola, sintiéndose más tranquilos, retomaron el sendero.
Sospechoso, Ambrogio no perdía de vista a Pigna, que llevaba el cuchillo en el bolsillo. Se morían de sed, pero dieron una gran vuelta para evitar una posada de campo que se entreveía en el amanecer; un gallo que cantaba en la fresca mañana los hizo estremecer. Caminaban cautelosos y sin decir palabra, pero no querían separarse, como si algo los mantuviera atados juntos.
Los carabineros los arrestaron uno tras otro después de algunos días; a Ambrogio en una casa de putas, en la que permanecía de la mañana a la noche; a Carlo cerca de Bérgamo, donde había sembrado la desconfianza con su constante vagabundeo; y a Pigna en la fábrica, en medio del ir y venir de los trabajadores y del ruido de las máquinas, pero que al ver a los carabineros se tornó pálido y balbuciente.
En Assise, ya en la jaula, querían comerse entre ellos con los ojos, los mismos ojos con los que cada uno veía un Judas en el otro. Pero después, cuando en el celular repensaban cómo había sido el lío, creían enloquecer; una cosa que lleva a la otra, y cómo uno puede mancharse de sangre las manos empezando por una broma.
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La Sra. Baroda no pudo evitar sentirse ligeramente contrariada cuando se enteró por su marido que Gouvernail, su amigo, vendría a la plantación a pasar una o dos semanas.
Habían recibido muchos invitados durante el invierno, aunque buena parte del tiempo lo habían pasado en Nueva Orleáns entregados a variadas formas de apacible distracción. Ahora, cuando ella esperaba un período de ininterrumpido descanso, un tranquilo tête-à-tête con su marido, él le decía que la visita de su amigo Gouvernail duraría una o dos semanas.
I
Mucha gente importante ha justificado el asesinato como un acto social, defendible e incluso elogiable en ciertas instancias. Hay algo que decir acerca del asesinato, aunque quizá no mucho.
Llamaron a la puerta.
¿Existen realmente seres destinados a ejercer una influencia siniestra sobre las personas y las cosas que los rodean?
Es una verdad de la que somos testimonios cada día, pero que nuestra fría razón positiva, poco dada a aceptar los hechos que escapan al dominio de nuestros sentidos, rehúsa siempre admitir.
Sabía que esos tres venían a verme porque vendía mi casa, no obstante, me sentí contento al saber, desde mi habitación, que preguntaban por mí. La sirvienta no quería dejarlos pasar e iba a decirles que yo no estaba, pero abrí la puerta y los saludé no sin un escalofrío recorriendo mi voz y toda mi persona. Ellos me respondieron riéndose, guiñándose un ojo, divertidos por mi tontería. Quizá creyeran que no me daba cuenta y, en cualquier caso, no les importaba. Yo lo comprendía, pero no era mi intención cambiar de ánimo. Dije súbitamente, frotándome las manos:
—¿Vienen a ver la casa? Hacen bien.
Hace años, cuando Barbara, huérfana, se casó con Marcantonio, molinero, pareció que hubiese ganado el premio gordo. Paciencia con los cuarenta años del esposo, pero su primera mujer le había dejado el molino y una huertita que se asomaba a las ventanas, un mes al año, con el verde de las plantas y otros bienes de Dios.
Marcantonio se había casado con la huérfana por hacer una buena acción después de la muerte de la difunta y desterrar la melancolía que parecía fija en la casa con el rumor de aquella rueda que giraba siempre, noche y día, con el torrente encerrado en medio de un cañón oscuro, que era todo cuanto se oía por aquellas soledades. Amigos y parientes fueron invitados a la boda; la fiesta se hizo en el pradillo delante del molino y hubo brindis por todo lo alto, a la esposa que era fina y blanca como la harina de primera calidad, y al molinero, que entonces estaba en forma, le costó cincuenta monedas austríacas aquella alegría, cuando en el Véneto todavía circulaban esas monedas y los austríacos.
Quien sepa jugar al ajedrez que agarre un tablero, coloque todo en su orden delante de sí e imagine aquello que estoy a punto de escribir.
Imagínese frente a las piezas blancas un hombre del semblante inteligente; dos fuertes gibosidades aparecen sobre su frente, poco más arriba de las cejas, allí donde Gall ubica la facultad del cálculo; tiene una barba muy rubia y los mostachos recortados según la usanza de muchos norteamericanos. Está todo vestido de blanco y, aunque es de noche y juega a la luz de la candela, lleva unos quevedos ahumados y mira a través de esos cristales el tablero con intensa concentración.
1
Hubo un preludio a la aventura del buen viejo, pero se desarrolló sin que él casi lo advirtiera. En un breve instante de descanso tuvo que recibir en su oficina a una vieja mujer que le presentaba y recomendaba a una joven, su propia hija. Habían sido admitidas gracias a una carta de presentación de un amigo suyo. El viejo, arrancado de sus quehaceres, no conseguía quitárselas del todo de su cabeza, y miraba aturdido la carta esforzándose por aclarar el tema y librarse cuanto antes de semejante fastidio.
No que fuese estrafalario el pintor que pintó esta pequeña madona, pero, tal vez, lo inspiró un bizarro espíritu franciscano que lo llevaba a amar a todas las bestias creadas.
El modelo de la Virgen era su rubia sirvientita, que desde pocos días atrás le había procurado el dueño de casa: casi una niña, con las largas trenzas enrolladas alrededor de la cabeza, la frente color marfil, grande, prominente, y los negrísimos ojos alargados, llenos de languidez y de sufrimiento. El resto de la carita se desdibujaba hacia abajo con la boca casi invisible y el mentón amarillento, no más grande que una cereza verde. Era triste, silenciosa, tímida; y quizá su morboso miedo a las ratas había dado al pintor la primera idea del cuadrito.
De puertas afuera la luz era aún tenue, pero dentro, con las cortinas corridas y el rescoldo del fuego desparramando una luminosidad mortecina e incierta llenaban la habitación profundas sombras.
Brantain estaba sentado en una de esas sombras, que lo había sorprendido sin que a él le importara. De la oscuridad obtenía el coraje para mantener sus ojos clavados, tan ardientes como deseaba, sobre la joven sentada a la luz de la chimenea.
El brazalete se había caído en el canal.
Y el hecho de que el canal fuese el más pintoresco en la vieja ciudad flamenca de Brujas, y que las pequeñas ondas causadas por la caída del brazalete hubiesen disturbado los reflejos de magníficos campanarios, torres, chapiteles y otros ejemplos únicos de arquitectura gótica, nada hicieron para aliviar la súbita agonía de semejante pérdida.
El pequeño jardín, el cobertizo y el vestíbulo de la escalera bullían de muchachos llegados para llevar a Biasino. La mayoría de ellos eran del Oratorio de san Luigi, de entre ocho, diez y quince años, gente pobre, obreros y campesinos vestidos con el fustán reservado para las fiestas, dirigidos por un cura joven y robusto, realmente digno de cultivar una viña del Señor. Los cuatro más grandes vestían a la manera de los ángeles custodios, es decir, con una camisa blanca larga hasta los tobillos, ajustada en la cintura con una coraza dorada, con ciertas listas azules picadas de plata que, pasando bajo las axilas, se detenían en dos alas verdes de cartón, pegadas a las costillas y que impedían apoyarse en la pared. Sobre la cabeza llevaban una hermosa corona de rosas.
Con este tipo celestial se mezclaba algo más terrenal; no eran cuatro querubines a los cuales se los llevara el primer soplo de viento, o de aquellos que construyen su madriguera en medio de las nubes, sino más bien angelones tallados en madera y completamente barnizados, como se ven en las sacristías, con sus zapatos con clavos fuertes, con correas de cuero, que hacían de juicioso contrapeso a la fantasía, en tanto que las manos amarillas y alquitranadas hablaban de un oficio simple pero honesto.
En 1854 un suceso prodigioso llenó de terror y de maravilla a la entera población de un pequeño pueblo de Calabria.
Intentaré relatar esta increíble aventura con la mayor exactitud que me sea posible, aunque reconozco la dificultad de hacerlo en toda su verdad y con la totalidad de sus detalles, o al menos, de aquellos más interesantes.
Cecco no solo bebía para sentirse alegre sino también, como él decía, para calentarse la sangre, especialmente en invierno cuando tenía que levantarse tres horas antes del amanecer para dar de comer a las dos mulas, antes de engancharlas a la carreta con la que llevaba los ladrillos desde el horno hasta alguna casa en construcción. Sus borracheras solían durar dos días seguidos, y entonces sus cánticos se oían a un kilómetro de distancia a medida que se acercaba.
Los campesinos, que trabajaban en las fincas a lo largo del camino, lo reconocían en seguida y cuando pasaba lo saludaban riendo, o si se había adormecido sobre la carreta le tiraban terrones. Era viejo, flaco y con bigote blanco. Siempre sucio de polvo de ladrillo y de cal, con los zapatos rotos y sin atar y los pantalones remendados por todas partes. También las mulas eran viejas y no se mantenían erguidas, medio despellejadas por los varales y por los palos que les habían pegado otros patrones, con las rodillas hinchadas, con el aparejo más de hilo y de cuerda que de cuero, y con la cinta de los cencerros, pero sin ellos, con los hierros desclavados. La carreta, medio deshecha, con las ruedas desiguales, se mantenía íntegra gracias al alambre oxidado con que estaban atadas las maderas; inclinada hacia un lado y con las maderas tan gastadas y podridas que muchas veces se desfondaban en medio del camino. Cecco, entonces, se hacía regalar una puerta ya inservible, la ponía en el hueco de las tablas y como mejor podía cargaba nuevamente la carreta. A las mulas les daba poco de comer, pero decía que de haber sido rico las hubiera emborrachado también a ellas. Cuando podía volver a casa las soltaba a comer junto a las ovejas en un prado cercano y abandonado donde la hierba no tenía nunca tiempo de crecer.
Las vacas alineadas frente a los heniles volvían sus cabezas para olfatear aquel traqueteo que se había organizado alrededor de la mullida de la Cenicienta. La lluvia golpeaba contra el enchapado, y las bestias, somnolientas, sacudían la cadenas; de cuando en cuando, en la penumbra que no llegaban nunca a disipar las linternas polvorosas, se oía el ruido de aquellas que se acurrucaban una a una en el mullido alto de pajas, los mugidos breves y quedos, un rumiar desganado, el crujido de la paja. De tanto en tanto las vacas, inquietas, levantaban la cabeza todas a la vez.
La Cenicienta tenía a sus pies un ternerito, todavía todo blando y reluciente sobre la mullida, y lo lamía y alisaba mugiendo en voz baja. Afuera, por todos lados, se oía un fragor creciente. Poco después hubo un gran trasiego en las habitaciones superiores: pasos precipitados y muebles que eran arrastrados por el suelo. Un abrir de puertas y ventanas de par en par y voces que llamaban en el patio.