Federigo Tozzi · La posada. Traducción: Nahuel Cerrutti.
Habían pasado diez días desde nuestra partida de Florencia y desde entonces, mi amigo Giulio Grandi y yo recorríamos Emilia, y puesto que al día siguiente él tenía que volver a la oficina en Correos, salimos de Faenza, aunque lloviera a cántaros, para regresar a tiempo. Pero ya era noviembre; el cielo todo gris, los caminos enfangados y llenos de charcos, y en los árboles no quedaban sino unas pocas hojas amarillentas; hacia arriba por la larga subida las primeras montañas de los Apeninos se fundían con la niebla.
No hablábamos casi nunca, él delante y yo detrás o viceversa, mientras pasábamos por las pocas casas aisladas sin que a ninguno le entrara ganas de detenerse. Paramos en una posada, apoyando las bicicletas en la pared de afuera.
—Dos coñacs.
Los bebimos sin mediar palabra y uno de nosotros preguntó:
—¿Cuánto es?
Giulio salió antes que yo hubiese pagado.
Después de algún kilómetro, con la boca llena de barro y los ojos que quemaban:
—¿Estás cansado?
—Un poco.
—Tratemos de no bajar el ritmo.
Encontramos solamente algún carro y al carretero recostado sobre la carga, con un gran paraguas verde mientras el perro ladraba, que nos miraba sin siquiera hacerse a un lado.
—¿Qué pueblo será este?
—Pero, ¡qué importa!
Se veía gente de pie detrás de las vidrieras de las bodegas, y la subida no terminaba nunca; por el contrario, cada vez se hacía más pronunciada.
—Estoy completamente dolorido.
—¡Yo también!
—¡Canta!
—Ya no tengo ganas.
—Tienes que cantar, hay que estar alegres, y así el cansancio desaparece.
—No me hagas decir barbaridades.
Entonces, con una pedaleada más rápida, me acercaba o me ponía a su lado.
—¿Qué tienes? ¿Estás nervioso?
—Un poco.
También yo me sentía descontento.
Veía solo su camiseta desgastada y sus cabellos embarrados bajo el gorro descolorido. Cada tanto le recordaba algo a fin de que se diera vuelta. Sus ojos negros se levantaban un poco y de inmediato volvían a fijarse sobre la rueda delantera. Pero soltaba una risotada. Era robustísimo, con los brazos oscuros y pelosos como las pantorrillas de sus piernas. Yo lo quería como a un hermano. Lo conocía de cuando íbamos a la escuela y no lo había ni lo he olvidado. Hablaba poquísimo, al menos conmigo, y eso me gustaba.
Yo era gordo pero no menos robusto que él, y teníamos la misma resistencia.
Nos detuvimos a comer ya no recuerdo dónde, y como nos habían dicho de esperar puesto que dejaría de llover, esa noche no llegamos más allá de Crespino, casi a medio camino entre Faenza y Florencia. La niebla se había levantado, pero lo que se dice sereno no llegó a serlo nunca. Entretanto hizo frío y oscureció rápidamente y tuvimos que llevar las bicicletas con la mano. No se veía ni a veinte pasos de distancia y para no terminar debajo de algún carro teníamos que parar hasta entender de dónde procedía su ruido; pero además, sin gritar más de una vez no había manera que se quitaran de en medio. Alrededor todo era negro y los montes no se distinguían del cielo. En las primeras casas de Crespino preguntamos dónde podíamos comer. Nos dijeron:
—Más allá encontrarán una posada.
Detrás de un recodo vimos un farolillo rojo, pero tan ahumado que apenas iluminaba. Las cortinas de las vidrieras nos parecieron negras.
Entré primero. El lugar estaba lleno de gente que se movía de un lado a otro. A un costado, una gran chimenea en la que resplandecía el fuego. En el techo, un farol de petróleo soltaba más olor que luz. El vocerío era ensordecedor y algunos muchachos, creo que tres, gritaban.
—¿Hay para cenar?
En un primer momento ni siquiera me escucharon y tuve casi que gritar. Entonces uno de aquellos hombres, sin dejar de remover la polenta, me respondió distraídamente:
—Algo hay.
—¿Carne?
Ahora fue una mujer, que de mal humor, respondió:
—Huevos... salame... —Y con la mano me mostró alguno que estaba colgado.
—Y pan —dijo otro, como queriendo decir: «si tienes hambre, come eso y no molestes».
Llamé a Giulio con un silbido; metimos dentro las bicicletas y las apoyamos sobre unos sacos llenos de harina. Los muchachos se calmaron y se pusieron a mirarlas y a tocarlas como si jamás hubieran visto una. Los hombres, sin dirigirse a nosotros, hicieron lo mismo, agachándose para ver mejor, después de haberse sentado sobre un banco de un palmo de ancho.
Giulio, dándome un codazo, me dijo en voz baja:
—Pregunta si hay sitio para dormir.
Pero la misma mujer, oyéndolo, contestó:
—Sí.
Lo dijo sin siquiera moverse, mirando fijamente la pared que tenía delante, con su cabeza envuelta en el pañuelo de colores. Sus ojos brillaban. Pensé: «¿Estará loca?», y no podía evitar volverme para mirarla. Después de lavarnos las manos nos sentamos. Los platos, pequeños y mal esmaltados, tal vez mugrientos, ya estaban puestos sobre la mesa. Algunos de aquellos hombres se sentaron en sus sitios habituales, pero otros, saludando, se fueron. Los que se quedaron eran mozos de la estación, y los demás, carboneros y carreteros.
A nuestro lado había un sitio vacío y yo, para pegar la hebra pregunté:
—¿Aquí come alguien? Porque si no tiene que venir nadie podemos estar menos apretados.
Uno, después de haber bebido sin dejar de mirarme mientras tenía el vaso en la boca, respondió:
—Es para la maestrita.
Todos soltaron una risotada pero seguidamente se pusieron a hablar entre ellos de sus cosas.
Giulio exclamó:
—¿La maestrita? ¡Esperemos que sea linda!
—¡Esperemos! —contesté sonriendo, un poco enfadado—. ¿La sopa cuándo la traen?
Nadie contestó. Pasados diez minutos, la sirvieron. ¡Y esa mujer siempre tan quieta!
—¡Falta el pan! —gritó Giulio, mirándola fijamente. El posadero se había puesto a comer sobre una banqueta, al lado de los fogones, junto a los muchachos que reían.
—¿Lo traen?
No se había levantado de la banqueta cuando entró la maestrita. Antes de percatarse de nuestra presencia, se detuvo saludando. Pero ninguno respondió, ni siquiera la miraron. Su voz nos llegó con el efecto de alguien que habla desde el fondo de una gruta. Obligada a sentarse a nuestro lado, se ruborizó y palideció hasta el sufrimiento, y temblando se volvió hacia otro lado.
Nosotros la saludamos del modo más correcto posible y que le agradara. Ella echó un vistazo a los de la mesa y con la cabeza inclinada sobre el plato, dijo:
—¡Buenas noches! —Y terminó de acomodarse porque la falda se le arrugaba.
Al lado del tenedor había dejado El Correo de las Maestras, todavía dentro de su faja, y como tenía la dirección impresa sobre una banda roja lo dio vuelta.
No era fea: tenía el cabello finísimo y suave, apenas peinado; el cuello largo y blanco; era algo delgada, y sobre el dorso de las manos se veían moverse los tendones bajo la piel todavía fresca y clara. Sus ojos azules, bajo los párpados grandes y delicados, eran tan tristes que parecían oscuros. Llevaba un delantal como los que usan las alumnas en la escuela, y empezó a desmigar el pan y hacer bolitas que iba dejando sobre el mantel.
Giulio me susurró:
—No la molestes.
—¡Oh, no! Pero, justamente, hay que hablarle. ¿No ves qué gente hay aquí?
—Espera un poco.
La sopa, aunque no era buena, nos había sentado bien, y no solo al estómago: el malestar en la cabeza se disipaba. Pero ya no pude esperar más y le dije:
—¿Usted enseña en este pueblo?
Antes de responder, pareció pedir permiso a los demás, y casi con pena, preocupada por ellos, respondió:
—Desde hace tres meses.
Había terminado la sopa y fingió que esperaba, pensando, el plato de carne.
—¿Está mal, no es cierto?
De haber llorado, su voz no hubiera sido menos tierna para mentir sin ninguna vacilación:
—¡Bastante bien!
—¿Hay empleados?
—Excepto siete u ocho, van todos a los montes a hacer carbón.
Respondía como por obligación, casi como si la importunáramos y sin comprender nuestra curiosidad. ¿Por qué le hablábamos? Sentí deseos de dejarlo, para no afligirla o incluso ofenderla. Pero, si lo dejábamos, ¿no se hubiera sentido aún más humillada? No se fiaba del todo al hablar con nosotros, pero le gustaba, y tal vez por vez primera pareció estremecerse al mirar a aquella gente tan silenciosa y maliciosamente hostil con ella.
«¡Pero si deben ser los padres de sus alumnos!», pensé.
Giulio, ahora también él sin ironía, le preguntó:
—¿Viene de lejos?
—De Faenza.
—¿Sus padres están allí?
—Mi mamá solamente.
¿Sería cierto? Nos produjo el efecto de quien no quiere decir nada, con aquella malicia antipática y débil que aprenden las mujeres. La imaginé yendo a la escuela, graciosa y diligente, aunque un poco basta y astuta.
Empezó a comer, atemorizada ante la posibilidad de que hablaran de ella o la miraran irónicamente.
Entonces, callamos.
Un tren pasó sobre el puente, casi sobre nuestras cabezas y toda la habitación tembló. Después, volvió el silencio.
—¿Llueve todavía? —pregunté al patrón; él abrió la portezuela y dirigiéndose a los mozos en vez de a mí, dijo:
—Ahora viene la nieve.
—¿La nieve?
—Nevará hasta mañana por la mañana.
Bromeando, le di una palmada en el hombro a Giulio, y dije:
—¡Mañana estará helado!
La maestrita quitó la faja al fascículo y se puso a leer. Entonces supe su nombre como abonada y se lo dije a mi amigo:
—Se llama Assunta.
Él se rió. Después le pregunté a ella:
—¿Es una revista didáctica?
La miró, dándole la vuelta como si la viera por primera vez, y respondió:
—Pues sí.
—¿Y lee libros?
—Alguno, los traje de Faenza.
—¿Novelas?
—Sí señor.
Su voz parecía un murmullo, y volvió a la lectura, aunque le habían traído un platito con una loncha de parmesano. Después empezó a comer. Me di cuenta que sus dientes ensangrentaban el pan. Le dije a Giulio:
—No quiere decirme lo que lee.
—¿A ti qué te importa?
Estaba a punto de enojarme con él, pero en cambio le pregunté:
—¿De qué quieres hablarle entonces?
—Déjala en paz.
Ella se disponía a irse, pero parecía avergonzarse de hacerlo tan pronto, y preguntó a la mujer que en ningún momento se había movido:
—¿Está caliente la cama?
—Es un poco pronto.
Le pregunté en voz baja:
—¿Quién es?
—La patrona, es ciega. Ahora le darán de comer.
De hecho, su marido le puso sobre las rodillas una cacerola con la sopa y le dio una cuchara de latón, que ella apretaba con la boca, casi chupándola toda vez que la sacaba.
Uno de los mozos nos preguntó para tomarnos el pelo y de paso hacernos saber lo que pensaban desde que nos habían visto:
—¿Están cansados?
Aunque me di cuenta de cuál era su intención, le respondí:
—También tenemos sueño.
—¡Ya lo creo! —Y volviéndose hacia sus compañeros, con una sonrisa de listillo, prosiguió:
—¡Hay que estar loco para salir con un tiempo así!
Y se rieron, por segunda vez, todos juntos, con una insolencia tan brutal que hasta parecía ingenua.
Fue Giulio el que gritó:
—¿Pero a ustedes qué les importa?
Nadie contestó, se miraron fijamente y basta: alguno, para continuar con su risa, bajó la cabeza.
—¡Tráiganos los cigarrillos!
—¿De cuáles? —preguntó el posadero con más gentileza que antes, como haciéndonos una concesión, casi para mantener en su lugar a los otros.
Pero Giulio, cuando estaba irritado, no pasaba ni una, es más, se ponía nervioso también conmigo y con cualquiera que se le pusiera a tiro. Respondió:
—Los de los señores.
La maestrita se volvió hacia él, con una media sonrisa, pero sin mirarlo.
El posadero espabiló y nos los trajo.
En esa bodega vendían todo aquello que puede ser necesario en un pueblito, y no había otras. A la maestrita pareció sacudirla un escalofrío. Comenzamos a fumar y le ofrecimos también a ella. Esta vez, antes de contestar, se atrevió a mirarnos a los ojos, con una mirada tímida pero tan resuelta que hubiera sido imposible mentirle o burlarse: una de esas miradas límpidas que, sin embargo, no dicen nada. Seguidamente respondió:
—No fumo.
Lo sentimos de verdad. Su voz sonó de tal manera que se sobrentendía bien la alusión a aquellos hombres, pero no se entendía si con ira o, por el contrario, con resignación. Por la expresión de la cara, parecía que el humo le gustaba, provocándole un ligero mareo. Pero ella se esforzaba por mantenerse calma y no dar ningún indicio.
Cuando dirigió su mirada nuevamente hacia nosotros, no sé por qué, tal vez porque Giulio había hecho temblar el plato de un puñetazo, sus ojos eran más serenos y concentrados, como tomados por un sueño. Su boca, con un poco de vello sobre el labio superior que a contraluz parecía blanco, quería mostrar una sonrisa que moría antes de aparecer. Por mi parte, comenzaba a probar esa sensación de bienestar y de calma, casi de confianza, que se siente cuando se está al lado de una mujer que es, por lo menos, algo bella, y no hay medias palabras y se sueñan nuestros sentimientos.
Cuando enrolló su servilleta y la introdujo en un anillo de metal en el que estaban grabadas sus iniciales, vi que las uñas, brillantísimas, parecían pesar demasiado respecto a los dedos; y al no saber con que pretexto quedarse todavía, se levantó saludándonos apenas, como si quisiera destruir la conversación mantenida con nosotros.
La ciega, suspirando, se agitaba.
Después de una media hora, cuando terminamos el paquete de cigarrillos y los mozos se habían ido, también nosotros nos fuimos a dormir.
Giulio dijo:
—Para enseñar en este pueblo, tendrían que poner una que hubiera nacido aquí mismo. No mandarla desde lejos, de las ciudades, ¡y lo mismo para cada uno de estos pueblos! ¿Cómo quieres que pueda vivir? ¿Por qué sacrificar a una persona que es tan diferente de aquellas con las que se encuentra y que están desde siempre? ¡Una mujer nacida aquí es lo que se necesita! ¿No hay una mujer? ¿O es que solo saben hacer hijos?
—Tendría que ser así; pero estas cosas las pensamos... esta noche. ¡Mañana, en Florencia, ni siquiera las recordaremos!
La habitación era baja y estaba solamente encalada, con algunos rosetones cortados por el mismo patrón en el centro del techo.
Con la luz apagada nos dimos cuenta, por un hilo de luz, que al lado dormía alguien.
Nos levantamos de un salto y poco a poco, conteniendo el respiro, nos acercamos.
¡Era la habitación de la maestrita!
Por las fisuras de la puerta, la vimos llorar mientras hojeaba un libro que no leía. Después empezó a desvestirse, desabotonándose detrás del cuello.
◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊
Nota · Esta traducción de Nahuel Cerrutti, del cuento La posada, fue publicada en, Federigo Tozzi: La casa vendida y otros relatos. Violín de Carol Ediciones, Colección «Los sueños de la ficción · 4», Madrid, 2006. Nahuel Cerrutti Carol · Editor, Colección «Sueños de la ficción», Buenos Aires, 2013. Y ahora, noviembre de 2025, por separado, en la sección de Narrativa de este sitio: nahuelcerrutti.com