Giovanni Verga · ¡Tentación! Traducción: Nahuel Cerrutti.
Así es como fue. ¡Verdadero como verdadero es Dios! Eran tres: Ambrogio, Carlo y Pigna, talabartero; a éste lo habían arrastrado por los pelos para salir de juerga:
—Vamos a Vaprio con el tranvía.
¡Y sin tener que llevarse a las mujeres! Tanto es así que querían gozarse la fiesta en santa paz.
Jugaron a las bochas, dieron un buen paseo hasta el río, se regalaron con una copita y al fin almorzaron en el «Mirlo blanco», bajo la pérgola.
Allí había una multitud, y el del organillo, y el de la guitarra, y las chicas sobre los columpios que gritaban, y los enamorados que buscaban la sombra; una verdadera fiesta.
Tanto que Pigna se había puesto a hacer el burro con una del grupo de comensales de al lado; coqueta ella, con la mano en los cabellos y el codo sobre el mantel. Y Ambrogio, que es un muchacho tranquilo, tiraba de su chaqueta diciéndole al oído:
—Vamos, si no empieza la pelea.
Después, en el coche celular, cuando repensaba cómo había caído en ese precipicio, creía enloquecer.
Para tomar el tranvía, al atardecer, hicieron un buen trecho de camino a pie. Carlo, que había sido soldado, decía conocer los atajos, y los hizo ir por un sendero que cortaba los prados en zigzag. ¡Esa fue la ruina!
Podían ser las siete de una bella tarde de otoño, con los campos todavía verdes donde no había ni un alma. Iban cantando, alegres por la excursión, jóvenes como eran y sin preocupaciones.
Si les hubiera faltado el dinero, o incluso el trabajo, o hubieran tenido otros problemas, tal vez habría sido mejor. Y Pigna decía que ese domingo habían gastado bien el dinero.
Como de costumbre, hablaban de mujeres, y de la enamorada, cada cual de la suya. Y el mismo Ambrogio, que parecía una gata muerta, contaba con pelos y señales lo que pasaba con Filippina cuando se encontraban cada noche detrás del muro de la fábrica.
—¡Vas a ver —protestaba cuando ya le hacían daño los zapatos— como Carlino nos hace equivocar el camino!
El otro, en cambio, seguía en sus trece. El tranvía pasaba por allí seguro, detrás de aquella fila de olmos desmochados, pero no se veía todavía por la neblina del atardecer.
—«Está bajo el puente, está bajo el puente a recoger la leña...» —Y Ambrogio detrás hacía el bajo, rengueando.
Después de un poco alcanzaron a una campesina, con una cesta colgada del brazo, que iba en la misma dirección.
—¡Suerte! —exclamó Pigna—. Ahora nos hacemos mostrar el camino.
¡Más! La muchacha estaba como un tren, era de aquellas que hacen venir la tentación al encontrarlas solas.
—¿Esposa, es este el camino para ir dónde vamos? —preguntó Pigna riendo.
Ella, una muchacha honesta, bajó la vista y apuró el paso sin hacerle caso.
—¡Qué piernas, eh! —dijo Carlino—. ¡Si va a este paso al encuentro del enamorado, feliz de él!
La muchacha, viendo que se pegaban a sus faldas, se detuvo en seco, con la cesta en la mano, y se puso a gritar:
—Déjenme seguir mi camino y métanse en sus propios asuntos.
—¡Eh, que no queremos comerla! —respondió Pigna—. ¡Qué diablos!
Ella retomó su camino, con la cabeza baja, de campesina obstinada que era. Carlo, a fin de romper el hielo, preguntó:
—¿Adónde va, bella señorita? ... ¿Cómo se llama usted?
—Me llamo como me llamo y voy donde voy.
Ambrogio quiso entrometerse también él:
—No tenga miedo, no queremos hacerle daño; somos buenos muchachos, vamos al tranvía por asuntos propios.
Como tenía aspecto de hombre de bien, la joven se dejó persuadir, también porque anochecía y se arriesgaba a perder el último tranvía; Ambrogio quería saber si era ese el camino justo para llegar a la parada.
—Me dijeron que sí —contestó ella—, pero no conozco estos lugares —y contó que iba a la ciudad para tratar de emplearse.
Pigna, de puro alegre que era, fingía creer que trataba de colocarse como nodriza, y si no sabía dónde ir, un buen sitio se lo encontraba él esa misma noche, calentito, calentito, y como era de mano larga ella le propinó un codazo en medio de las costillas.
—¡Cristo! ¡Vaya golpe! —refunfuñó, mientras los otros se carcajeaban.
—¡No tengo miedo de ti ni de nadie! —contestó ella.
—¿Ni de mí?
—¿Ni tan siquiera de mí?
—¿Y de los tres juntos?
—¿Y si te agarráramos por la fuerza?
Fue entonces que sus miradas recorrieron el campo donde no se veía un alma viva.
—¿Cómo es que su enamorado la dejó partir? —dijo Pigna para cambiar de tema.
—No lo tengo —respondió ella.
—¿De verdad? ¡Tan hermosa!
—No, no soy hermosa.
—¡Vamos, vamos! —dijo Pigna mientras galanteaba poniendo los pulgares en la cintura.
¡Por Dios que si era hermosa! ¡Con esos ojos y esa boca y con esto y eso otro!
—Déjenme pasar —decía ella riendo entre dientes, la mirada hacia abajo.
—Un beso por lo menos. ¿Qué es un beso? Podrías dejar que te lo diera para sellar la amistad; tanto, comienza a oscurecer y nadie lo vería.
Ella se defendía con el codo en alto. ¡Qué cuerpo! ¡Qué perspectiva! Pigna se la comía con los ojos, mirándola por debajo de su brazo alzado. Entonces ella se le plantó delante, amenazándolo con darle con la cesta en la cara.
—¡Dame nomás, pégame hasta que te canses, viniendo de ti me dará placer!
—¡Déjame ir o llamaré a la gente!
Él, con el rostro encendido, balbuceaba:
—Deja que te lo dé, nadie nos está viendo.
Los otros dos se meaban de la risa. Finalmente, la muchacha, sintiéndose acosada, se puso a pegar duro, medio en serio medio en broma, sobre uno y sobre otro, donde cayera. Después, levantándose la falda, se echó a correr.
—¡Ah, lo quieres por la fuerza, lo quieres por la fuerza! —gritaba Pigna, ansioso, corriendo detrás.
La alcanzó, jadeante, y la agarró con su manaza por la boca, así anduvieron a la greña zarandeándose de uno a otro lado. La muchacha, furibunda, mordía, arañaba y pateaba.
Carlo se encontró metido en medio al tratar de separarlos. Ambrogio la había sujetado por las piernas a fin de que no dejara a alguno rengo. Finalmente, Pigna, pálido, sin aire, la puso debajo y apoyó una rodilla sobre su pecho. Y entonces los tres, al contacto con esas carnes calientes, uno tras otro, borrachos de mujer, como invadidos de repente por una locura furiosa... ¡Dios nos libre!
Ella se levantó como una bestia feroz, sin decir una palabra, recompuso los destrozos del vestido y recogió la cesta. Ellos se miraban entre sí con una risita extraña. Como ella parecía decidida a irse, Carlo se le plantó delante con el rostro ceñudo:
—¡Tú no dirás nada!
—¡No, no diré nada! —prometió la muchacha con voz sorda. Ante esas palabras Pigna la sujetó por la falda. Ella se puso a gritar—: ¡Socorro!
—¡Calla!
—¡Socorro, asesino!
—¡Te digo que calles!
Carlino la agarró por la garganta.
—¡Ah, nos quieres arruinar a todos, maldita!
Ella, bajo ese apretón, ya no podía gritar, pero los amenazaba siempre con esos ojos abiertos de par en par donde podían verse los carabineros y la horca. Se tornaba lívida, con la lengua toda fuera, negra, enorme, una lengua que no podía caber más en su boca; y viéndola, los tres perdieron la cabeza por el miedo. Carlo le apretaba cada vez más el cuello en la medida en que la mujer aflojaba los brazos hasta que al fin se abandonó, inerte, la cabeza medio vuelta sobre las piedras y los ojos que mostraban lo blanco.
Uno a uno, lentamente, la dejaron, aterrados.
Se quedó inmóvil, extendida supina al borde del sendero, con la cara hacia arriba y los ojos blancos abiertos de par en par.
Pigna aferró por el hombro a Ambrogio que no se había movido, torvo, sin decir una palabra, y Carlino balbuceó:
—¡Todos, eh, fuimos los tres! ... ¡Oh, Virgen santa!
Cayó la noche. ¿Cuánto tiempo había pasado? El sendero blanquecino dejaba ver aquella cosa negra, inmóvil sobre la tierra. Por suerte nadie pasaba por allí. Detrás de la parcela de maíz se extendía una larga hilera de moreras. Un perro comenzó a ladrar en lontananza. Los tres amigos creían estar soñando cuando se oyó el silbato del tranvía, el que hacía media hora iban a su encuentro, como si hubiese pasado un siglo. Pigna dijo que era necesario cavar una fosa profunda para ocultar lo que había pasado, y por la fuerza obligaron a Ambrogio a arrastrar la muerta hasta el prado, como que habían sido los tres a pifiarla. El cadáver parecía de plomo. Después no entraba en la fosa. Carlino le cortó la cabeza con el cuchillo que casualmente llevaba Pigna. Más tarde, una vez que hubieron aplastado la tierra pisoteándola, sintiéndose más tranquilos, retomaron el sendero.
Sospechoso, Ambrogio no perdía de vista a Pigna, que llevaba el cuchillo en el bolsillo. Se morían de sed, pero dieron una gran vuelta para evitar una posada de campo que se entreveía en el amanecer; un gallo que cantaba en la fresca mañana los hizo estremecer. Caminaban cautelosos y sin decir palabra, pero no querían separarse, como si algo los mantuviera atados juntos.
Los carabineros los arrestaron uno tras otro después de algunos días; a Ambrogio en una casa de putas, en la que permanecía de la mañana a la noche; a Carlo cerca de Bérgamo, donde había sembrado la desconfianza con su constante vagabundeo; y a Pigna en la fábrica, en medio del ir y venir de los trabajadores y del ruido de las máquinas, pero que al ver a los carabineros se tornó pálido y balbuciente.
En Assise, ya en la jaula, querían comerse entre ellos con los ojos, los mismos ojos con los que cada uno veía un Judas en el otro. Pero después, cuando en el celular repensaban cómo había sido el lío, creían enloquecer; una cosa que lleva a la otra, y cómo uno puede mancharse de sangre las manos empezando por una broma.
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Nota · Este relato forma parte de:
Giovanni Verga: Nedda y otros cuentos. Traducción: Nahuel Cerrutti Carol. Madrid, 2005; Buenos Aires, 2017.