Giovanni Verga: Mundo chiquito. Traducción: Nahuel Cerrutti.
Gesualdo, desde que era chiquito, no recordaba otra cosa: a su padre, el compadre Cosimo, tirando de la cuerda de la chalana en el Simeto, con Nanni Lasca, Ventura y el Tuerto, y a él mismo extendiendo la mano para recaudar el pasaje. Pasaban parihuelas, pasaban carreteros, pasaba gente a pie y a caballo de cada país y se iban por el mundo, acá y allá del río.
Antes, el compadre Cosimo hacía de literero, esa era su ocupación. Una vez, la vigilia de Navidad, fecha señalada, llegado a Primosole al regreso de un viaje, se enteró de que su mujer estaba a punto de parir:
—Comadre Menica esta vez te dará una linda niña —le decían todos en el mesón, y él, más contento que unas pascuas se apresuró a enganchar los mulos a la parihuela para llegar a casa antes de la noche. El bayo, bribón, desde hacía un rato lo miraba torcido por ciertos injustos latigazos y se la tenía jurada. Así como lo vio distraído, mientras se inclinaba para abrocharle la cincha, afiló las orejas a traición y le pegó una coz que lo dejó rengo para siempre.
Su mujer, pobrecita, apenas lo supo, de no haber sido por el doctor que la agarró del camisón se hubiera levantado de la cama para correr hasta Primosole.
—¡Igual que las bestias, ustedes los pueblerinos, no saben qué quiere decir una fiebre puerperal!
—Señor don Battista, ¿cómo puedo dejar a ese pobrecito en manos ajenas, ahora que se encuentra en ese estado lejos de aquí?
—Haga caso al médico —decía la comadre Stefana—, a su marido irá a buscarlo después. ¿No creerá que se escapa?
En seguida vino la crianza, la enfermedad, las necesidades de los hijos, y el tiempo fue pasando. El compadre Cosimo, para ganarse el pan se había asociado con los de la chalana, en Primosole, junto a Gesualdo, y prometía siempre volver al pueblo un día u otro para ver a la mujer y a la niña.
—Iré para Pascua… Iré en Navidad. —Con cada conocido que pasaba mandaba a decir lo mismo, tanto que la comadre Menica ya no le creía más, y Gesualdo, cada vez, miraba a su papá a los ojos para ver si decía la verdad.
Pero sucedía que para Pascua y Navidad había una muchedumbre para atravesar el río, de modo que cuando soplaba siroco y levante, y el río ensanchaba, había más de cincuenta carruajes esperando en el mesón de Primosole.
Cosimo maldecía contra el mal tiempo que le quitaba el pan de la boca y su gente descansaba: Nanni Lasca, bocabajo, durmiendo sobre los brazos en cruz; Ventura en el mesón; y el Tuerto cantaba todo el día, firme bajo la puerta de la choza, a ver llover, mirando el cielo con los ojos blancos.
La comadre Menica hubiese querido ir a Primosole, al menos para saber cómo estaba su marido y hacerle ver la niña, que su padre ni siquiera conocía, casi como si no la hubiera hecho él.
—Iré en cuanto haya cobrado el dinero del hilado —decía—. Iré después de la recogida de la aceituna, si me sobra algún dinero. —Así pasaba el tiempo también para ella. Entretanto sufrió una enfermedad mortal, de aquellas en las que don Battista se lavaba las manos como Pilatos.
—Tu mujer está muy enferma —le decían Cheli, el compadre Lanzise, y todos los que venían del pueblo. Esta vez él quería correr de verdad, a pie, como pudiera.
—Préstame dos liras para el viaje, compadre Ventura.
—Espera un poco a ver si te traen alguna buena noticia, ¡bendito hombre que eres! Podría pasar que mientras tú estás en camino, tu mujer se cura y perderías el viaje inútilmente —respondía Ventura. El Tuerto en cambio le sugería que le hiciera decir una misa a la Virgen de Primosole que era milagrosa para los enfriamientos y los accidentes.
Finalmente llegó la noticia que a la comadre Menica le habían administrado el viático.
—¿Ves si tenía razón para decirte que esperaras? —observó Ventura—. ¿Qué ibas a hacer si no servía de ayuda?
Lo peor era para los huérfanos ya que la mamá es como la clueca para sus pollitos. Gesualdo estaba con su padre buscándose el pan en la chalana de Primosole. Pero Titta, su hermano, y Lucia, la última nacida, se habían quedado a cargo de unos tíos lejanos, que les daban el pan duro y las injurias; y fue mejor para el compadre Cosimo que el Señor le cerrara los ojos antes que viera aquello que pasaba con los de su sangre.
En Primosole, el Tuerto le decía que con la ayuda de Dios podía vivir y morir al mismo tiempo que él, que comía pan desde hacía cuarenta años y que de gente había visto pasar tanta. Pasaban conocidos, pasaban viandantes nunca vistos, y ninguno sabía de dónde venían, a pie, a caballo, de distintos lugares, y se iban por el mundo, acá y allá del río. Como el agua del río mismo que se iba al mar, pero le parecía siempre la misma, entre las dos orillas desmoronadas; a la derecha las colinas desnudas de Valsavoia, a la izquierda el techo rojo de Primosole; y en cuanto llovía, a veces por semanas y semanas, no se veía otra cosa que aquel techo triste en la niebla. Después volvía el buen tiempo, y despuntaba el verde aquí y allá, entre las rocas de Valsavoia, sobre el margen de los senderos, hasta donde podía alcanzar el ojo. Finalmente llegaba el verano y se comía todo, el verde de los sembrados, las flores del campo, el agua del río, las adelfas que entristecían sobre las orillas, cubiertas de polvo.
El domingo todo cambiaba. Antonio, el dueño del mesón de Primosole, hacía venir el cura para la misa; mandaba a su hija Filomena a barrer la pequeña iglesia y a recoger el dinero que los fieles dejaban caer por la ventanilla para las almas del Purgatorio. Acudían de los alrededores, a pie, a caballo, y el mesón se llenaba de gente. A veces llegaba también Zanno, que curaba todos los males, o don Liborio, el mercachifle, con un gran paraguas rojo, y desplegaba su mercancía sobre los escalones de esa iglesia tan chiquita: tijeras, cortaplumas, cintas e hilo de todos colores.
Gesualdo se mezclaba entre los otros muchos chicos para ver, pero su padre le decía:
—No, hijo mío, estas cosas son para los ricos que tienen dinero para gastar.
Los otros en cambio compraban botones, tabaqueras, peines de hueso que imitaban una tortuga; y Filomena hurgaba por todos lados con las manos sucias sin que nadie le dijera nada porque era la hija del mesonero. Es más, don Liborio un día le regaló un lindo pañuelo amarillo y rojo que pasó de mano en mano.
—¡Descarada! —decían las comadres—, ¡hace ojitos con éste y con aquél para obtener regalos!
Después Gesualdo los vio detrás del gallinero abrazándose. Filomena, que estaba alerta por temor a su papá, se dio cuenta en seguida de aquellos ojitos que se pegaban al seto y le saltó encima con la zapatilla en la mano.
—¿Qué vienes a hacer aquí, acusica? ¡Si cuentas lo que has visto, pobre de ti!
Don Liborio la calmaba con buenas maneras:
—Déjalo estar a ese chico, comadre Mena, lo haces pensar en el mal sin conocerlo.
Pero Gesualdo no podía quitarse de los ojos la cara roja de Filomena y las manazas de don Liborio que la manoseaban. Entonces, cuando lo mandaban a por el vino al mesón, se plantaba delante del mostrador de la muchacha, que se lo servía con descaro mientras gritaba:
—¡Miren aquí, cristianos, no tiene ni cuatro pelos en la cara este mocoso y sí malicia en los ojos!
Pasó el tiempo. Antonio casó a Filomena con Lanzise, hombre de bien, que no sabía nada y tenía sus pertenencias por ahí cerca, tierras y bueyes, y un gran viñedo en las colinas, según decían.
El casamiento dio que hablar, tanto que también vino don Liborio a vender cosas para el ajuar. Esa noche cenaba en el mesón de Primosole. No se sabe cómo, por una cuenta equivocada discutió con Antonio, y don Liborio le espetó:
—¡Cornudo!
El compadre Antonio era un hombrecillo ciego de un ojo por el que nadie daría gran cosa. Pero se decía que cargaba más de un homicidio sobre su conciencia y en veinte millas a la redonda le tenían respeto. Apenas escuchó aquella palabra encima de su mostacho, sin decir ni pío, fue a buscar la escopeta junto a la cama. Su mujer, entonces, que llevaba años y años enferma, se enderezó, en camisón, hasta sentarse, y gritó:
—¡Socorro, que se matan! ¡Por todos los santos cristianos!
Y Filomena, para separarlos, tiraba platos y vasos sobre don Liborio y gritaba:
—¡Sinvergüenza, ladrón, excomulgado!
—¿Le parece una acción digna de un hombre esta, compadre Antonio? —respondió don Liborio con cara de papanatas—. Yo no llevo otra cosa encima que este cortaplumas.
—¡Tiene razón! —dijo Antonio, y fue a dejar la escopeta sin agregar nada más.
Más tarde Gesualdo recogía algunas frascas de la orilla, cuando vio venir a su encuentro a don Liborio, con esa cara amarilla de traidor, que, mirando alrededor con desconfianza, le dijo:
—Toma esta guita y ve a decirle al compadre Antonio que lo espero detrás del seto, por aquel asunto que él sabe. ¡Pero que nadie te oiga, eh!
Esa noche encontraron al compadre Antonio tendido detrás de un matorral de chumberas con su perro al lado lamiéndole las heridas.
—¿Qué pasó compadre Antonio, quién le dio la cuchillada?
El compadre Antonio no quiso decirlo.
—Llévenme a mi cama por ahora. Si vivo me ocuparé yo mismo, si muero se ocupará Dios.
—¡A éste fue don Liborio que lo mató! —gritaba su mujer, y Filomena volvía a repetir:
—¡Sinvergüenza, ladrón, excomulgado!
—Yo sé quién lo mató —decía Gesualdo a los otros chicos—, pero no puedo decirlo.
Vino el juez con los esbirros a levantar el acta, pero nadie había visto nada, y Antonio no cesaba de repetir:
—Si vivo me ocuparé yo mismo, si muero se ocupará Dios.
Así se fue al paraíso después de dos días, sin decir nada, y Filomena se quedó sin marido porque esa palabrota de cornudo había llegado a oídos de Lanzise.
Don Liborio, por su parte, volvió por esos pagos, fresco como una rosa, cuando hubo trascurrido cierto tiempo, y mucha el agua pasada bajo la chalana.
—Mi trabajo es ir por el mundo de aquí para allá —decía a los amigos que hacía mucho no lo veían. Y si bien Gesualdo se había hecho grande y con pelos en la cara, lo reconoció en seguida y le dijo:
—Tú eres aquel que iba a por el vino al mesón, nos hemos visto otras veces, ¿recuerdas?
Su negocio había crecido y lo acompañaba por pueblos y granjas un muchachito que cargaba con sus muestrarios voceando:
—¡Tijeras!, ¡cortaplumas!, ¡telas finas y pañuelos a la moda!
—¿Conoce a este chico? —le dijo don Liborio al compadre Cosimo—. Es Titta, su hijo, se lo traje para que bese su mano. ¿Vio lo grande que está? Ahora conmigo aprende el oficio y se hará un hombre.
Cosimo se dejó besar la mano y no terminaba de creérselo, y todos los de la chalana, Gesualdo incluido, festejaron a Titta, que era como el hijo pródigo.
Más tarde, cuando hubieron comido y bebido, retomaron el camino; Titta, como de costumbre, voceando mientras se abrochaba las correas de los muestrarios:
—¡Tijeras!, ¡cortaplumas!, ¡telas finas y pañuelos a la moda!
Y antes de despedirse, don Liborio concluyó hablando con Cosimo:
—¿Vio? Ahora tendría colocar en el mesón a Lucía, su otra hija, que no tiene a nadie en el mundo y comienza a hacerse grande y linda; si no va a terminar mal.
Pero antes de llegar a colocar a la chica en el mesón sobrevino un año muy malo en el que la gente moría como moscas, y también el compadre Cosimo enfermó. Como era ya viejo y lleno de achaques, decía:
—Este es mi último año.
Ya no sentía los dolores de la ciática, ya no gritaba por las noches y se estaba quieto en su camastro, en la oscuridad. Solo cuando oía llamar la barca, de acá o de allá del río, enderezaba la cabeza como podía, por mor de la ganancia y gritaba:
—¡O gente!
Pero no podían dejarlo morir como a un perro, sin médico. Ventura, el Tuerto y también Nanni Lasca hablaban entre ellos, cerca de la puerta, viendo a Cosimo tendido largo como un muerto, con la cara color tierra, y se rascaban la cabeza. Finalmente decidieron llamar a Gagliana, una viejita milagrera conocida en veinte millas a la redonda.
—Verá como la Gagliana lo cura en un abrir y cerrar de ojos —le decían al moribundo—. ¡Es mejor que un doctor ese diablo de mujer!
Cosimo no decía ni sí ni no y pensaba en su Menica, que se había ido del mismo modo, y en sus hijos que estaban dispersos por el mundo, como pollitos de perdiz. Después, en el fuerte de la fiebre, volvía a lloriquear:
—¡Tráiganme a la Gagliana, no me dejen morir sin ayuda, señores míos!
Gagliana la bautizó fiebre peligrosa, de aquellas que es hasta mejor ir a por el cura. Justo era domingo y se oía vocear en el mesón. Todo eso a Gesualdo, grande y robusto como muchachote de veinte años que era, le quedó grabado en la mente: los curiosos que venían a mirar desde la puerta; Gagliana, que protestando buscaba en sus bolsillos el remedio necesario; y el moribundo, que observaba a todos uno por uno con ojos atónitos.
El Tuerto, para burlarse de Gagliana que no conseguía encontrar el remedio apropiado le preguntaba:
—¿Qué hay para devolverme la vista, comadre Gagliana?
Cosimo murió esa misma noche. ¡Qué lástima! Porque el lunes pasaba por ahí Zanno que tenía la cura para todos los males entre sus baratijas. Lo llevaron precisamente a ver el muerto. Le palpó el vientre, el pulso, la lengua, y concluyó:
—De haber sido yo Cosimo no se hubiera muerto.
Cuando Gesualdo terminó de llorar se encontró huérfano y sin empleo. Los de la chalana tramaban contra él porque era un inocentón. Por suerte estaba Filomena que empezaba a hacerse vieja y nadie la quería por aquella historia con don Liborio. Ahora que Gesualdo ya no era un imberbe, ella lo miraba con ojos dulces como a los otros y cada vez le decía:
—Cuando muera mi madre, de aquí a cien años, gracias a Dios yo tendré mis bienes, y el marido que eligiera estaría como un príncipe.
El Tuerto, que era un alcahuete, por un vaso de vino confirmaba:
—¡Las cosas las vi yo con estos ojos!
—¡Pero su mamá a este paso dura cien años de verdad! —observaba Gesualdo, que su juicio, aunque a la pata la llana, lo tenía.
Pero finalmente se dejó persuadir:
—Por mí, si tú estás contenta, yo lo estoy también.
Y fue de casado, si bien la suegra no se muriera nunca, cuando estuvo de verdad como un príncipe, tanto que no habló nunca más de moverse de allí donde siempre había estado desde niño.
A la derecha las rocas de las colinas de Valsavoia, a la izquierda el río amarillo con la chalana, y la choza de los barqueros sola en la niebla triste de la noche. Solo esto había cambiado. Incluso el Tuerto había terminado bajo tierra, en el pedacito cubierto de trébol detrás de la iglesia, donde estaban enterrados Cosimo y Antonio, y donde iría a parar la suegra, de ahí a cien años cuando el Señor la llamara. Entretanto en el trebolar jugaban los hijitos que Filomena le había dado, y él segaba la hierba para sus animales.
Un buen día, sobre un carro, apareció una muchachita con un hatillo bajo el brazo y se detuvo en el mesón, diciéndole:
—Sabes, soy tu hermana Lucía.
Filomena festejó su llegada y consintió incluso de acogerla en casa para los trabajos pesados. Pero dos cuñadas están mal juntas, especialmente cuando una es manos largas, y un buen día, para eludir ciertas palizas de Filomena que de otro modo no se las hubiera evitado ni el Papa, Lucia huyó en compañía de un muchachito que estaba ahí en la chalana de Primosole, y tampoco trascendió mucho más.
La gente decía que era Filomena la que llevaba los pantalones y de hecho él la dejaba hacer por amor a la paz y a sus hijitos. Otros chismes sobre su mujer no hubo, pero el día en que a don Liborio le tocó ir a Primosole con sus chucherías, Gesualdo lo hizo pasar según era la costumbre.
—Tu mujer tiene razón —observó muy prudente—. Lo pasado, pasado, porque con los años también ella llegó a tener juicio.
Después, mientras esperaba la chalana para pasar el río le contó sobre su hermano Titta, a quien había dejado en el hospital por una pelea en la feria de Lentini donde se había buscado una cuchillada, y de Lucía, que hacía la calle.
—Sabes, cuando se cae una vez, es difícil volver a la superficie, entre las mujeres honestas. También estuvo presa; se dice que dejó morir a su criatura. El canalla fue ese que la abandonó con el niño sobre sus espaldas. Pero todos en su lugar hubieran hecho lo mismo…
Él seguía hablando cuando la chalana empezó a desaparecer en la niebla, hasta que no se vio más. Gesualdo permaneció en la orilla con la niebla en su corazón; pero más tarde, con la menestra caliente y el buen vino, consiguió disipar la melancolía.
Es cierto que la sangre no es agua, pero la sangre del compadre Cosimo, como se había quedado inválido en Primosole, estaba destinada a dispersarse aquí y allá por el mundo como la gente que pasaba con la chalana.
Filomena, para confortar a su marido, ahora que los años le habían traído el juicio, le decía que los pobres no se reúnen sino en el cementerio, allí donde irían a dormir uno tras otro, primero su mamá, de ahí a cien años, después ellos, y después de ellos sus hijos, que entretanto iban a divertirse, así como él iba a segar la hierba para sus animales.
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Nota: Esta traducción de Nahuel Cerrutti del cuento Mondo piccino, fue publicada en, Giovanni Verga: Nedda y otros cuentos. Violín de Carol Ediciones, Colección «Las máscaras de la ficción · 2», Madrid, 2005; y, Nahuel Cerrutti Carol · Editor, Colección «Sueños de la ficción · Narrativa», Buenos Aires, 2017. Y ahora, agosto de 2026, por separado, en la sección de Narrativa de este blog: nahuelcerrutti.com