Giovanni Paisiello – Giuseppe Petrosellini · Il barbiere di Siviglia / El barbero de Sevilla. Traducción: Nahuel Cerrutti.
Ópera en dos actos
Personajes
El conde de Almaviva · Tenor
Rosina · Soprano
Bartolo · Bajo bufo
Fígaro · Barítono
Don Basilio · Bajo
El espabilado · Bajo
El jovencito · Tenor
Un alcalde · Tenor
Un notario · Tenor
ACTO PRIMERO
Escena Primera
Calle con la casa de Bartolo a un lado, con puerta y ventana practicables, esta última cerrada por una celosía. El conde, cubierto por una gran capa oscura y sombrero recortado, mira el reloj mientras pasea.
Conde.— He aquí que la hora se avecina
de ver a mi Rosina
donde es habitual para ella venir.
No querría que alguien
me viese vestido de esta guisa...
Pero alguien tan inoportuno
se acerca a aguarme la fiesta.
Viendo acercarse a Fígaro, se aparta.
Escena Segunda
Fígaro, con una guitarra a la espalda, cantando alegremente, papel y lápiz en la mano; el conde permanece escondido.
Fígaro.— Desterremos el aburrimiento
que siempre nos consume
y del vino cantemos
que enciende nuestro corazón.
Un hombre sin vino,
pobrecito, moriría...
justo... como un babuino.
Hasta aquí no está nada mal.
Componiendo y cantando.
El vino y la pereza
se reparten mi corazón.
¡Caramba!, no se lo reparten
si no que juntos reinan...
comparten mi corazón.
¿Pero, puede decirse, comparten? Sí, claro,
¿y por qué no? Aquello que va mal en verso,
en música se mete
y así se componen las farsas.
Hinca la rodilla y escribe.
El vino y la pereza
comparten mi corazón.
Me gustaría algo bello para terminar...
un contrapunto, una antítesis...
¡Genial! ¡Lo encontré!
Escribe mientras canta.
Una es mi delicia,
la otra mi razón.
¡Oh!, cuando estén los instrumentos
con esta aria haré portentos.
Advierte la presencia del conde y se levanta.
(Pero a ese sujeto lo he visto en otro lugar...).
Conde—Observando a Fígaro. (Reconozco sin duda
esa figura...).
Fígaro.—(No, no me engaño;
ese aire tan noble...).
Conde.— (Ese porte
grotesco y cómico...).
Fígaro.— (No, no me engaño:
ese es el conde...).
Conde.— (Claro que es él,
ese granuja de Fígaro...).
Fígaro.— Soy yo, señor...
Conde.— Bribón, si hablas...
Fígaro.— Ciertamente no lo haré...
Conde.— Ni me nombres.
Fígaro.— Bien, excelencia.
Conde.— Valga la prudencia.
Fígaro.— Si lo ordenáis,
me marcho.
Conde.— No, quédate,
quiero hablar contigo.
(Es listo,
y en mi situación
me convendrá).
Fígaro.— (Seguro que aquí
algún lío o algún misterio
sí que habrá).
Conde.— Tan grande y gordo estás
que no te había reconocido.
Fígaro.— A esto me ha llevado la miseria.
Conde.— ¿Pero qué haces en Sevilla?
Cuando dejaste de estar a mi servicio,
te di una recomendación
para que consiguieras otro trabajo.
Fígaro.— Y lo obtuve, excelencia, es cierto, no lo niego.
Conde.— Llámame Lindoro;
¿no ves que con este aspecto
pretendo pasar desapercibido?
Fígaro.— Obedeceré. (Hay oculto algún embrollo).
Conde.— Y bien, ¿qué fue de ese empleo?
Fígaro.— Me pusieron como aprendiz de botica.
Conde.— ¿Quizás en los hospitales de la armada?
Fígaro.— De un cirujano de mala muerte de caballerías.
Conde.— ¡Buen principio!
Fígaro.— El puesto era muy bueno,
pero siendo yo desafortunado,
de ese puesto, señor, me echaron.
Conde.— ¿Pero por qué? Cuéntame.
Fígaro.— ¡La envidia, oh cielos! ¡La envidia, oh justos dioses,
fue el motivo de todos mis males!
Conde.— ¡Qué! ¿Tú verseas?
Hace un rato observé que componías
y cantabas con mucha buena gracia.
Fígaro.— Y esa fue, señor, mi desgracia.
En cuanto el ministro supo
que hacía sonetos, madrigales,
epitalamios, idilios, odas, canciones
y otra suerte de composiciones,
él, trágicamente, ¡oh perverso destino!,
me hizo echar del empleo.
Conde.— Y tú entonces...
Fígaro.— Y entonces yo,
no sabiendo qué hacer,
me dispuse a viajar por toda España
y visité un sinfín de lugares:
Debuté en Madrid,
canté una ópera y fracasé;
lié los bártulos
y con pie ligero
fui a Castilla y a La Mancha,
a Asturias, a Cataluña,
y después llegué a Andalucía
y de allí a Extremadura
sin olvidar Sierra Morena,
llegué por fin a Galicia;
en algún sitio fui bien recibido,
en otro con cuerdas bien atado,
pero con buen humor ante cualquier evento
me mantuve superior.
Mientras Fígaro canta el aria, el conde mira con atención la ventana de la casa de Bartolo.
Tan solo con la navaja
y sin efectivo,
salí adelante
afeitando.
Ahora resido
aquí, en Sevilla,
dispuesto a servir
a su excelencia,
si todavía merezco
semejante honor...
Conde.— Mirando la celosía. Es tan jocosa tu filosofía.
Fígaro.— Vivo tentado por la risa
ante el temor de tener que llorar algún día...
¿Pero, por qué mira hacia ese lado?
Conde.— Resguardémonos.
Fígaro.— ¿Por qué?
Conde.— Ven, apártate.
Se esconden.
Escena Tercera
Rosina desde la ventana, después Bartolo; dichos, escondidos.
Rosina.— Gracias al cielo abrió por fin
mi Argos la celosía,
ahora mi alma podrá
respirar el aire fresco.
Bartolo se acerca a la ventana y advierte que Rosina tiene un papel en su mano.
Bartolo.— ¿Un papel? ¿Qué es?
Rosina.— Es la canción
de la Inútil precaución,
que justo ayer me mandó
el maestro de canto.
Bartolo.— ¿Qué es esta «precaución»?
Rosina.— Señor, es una comedia.
Bartolo.— Sí, de hacer venir la inedia.
(¡Ah! ¡Quién sabe quién la inventó!).
Rosina.— Deja caer el papel a la calle. Mi canción,
¡oh!, se me ha caído;
corred o pronto
se habrá perdido...
Bartolo.— Corro, querida,
ya voy.
Rosina.— Mira afuera y hace una señal con la mano al conde, que de un salto recoge el papel y nuevamente se esconde. ¡Eh, eh! Recogedlo y escapad.
Bartolo.— Abre la puerta y busca. ¿Dónde está ese papel?
Rosina.— ¿No lo encontráis?
Bajo el balcón...
Bartolo.— ¡Caramba!
(¡Vaya encargo
que me ha tocado!).
¿Pasó alguien?
Rosina.— No he visto a nadie.
Bartolo.— Y yo, si busco,
enloqueceré.
Otra vez,
por mi fe,
que nunca más
abriré la celosía;
no he de repetir
semejante error.
Entra en casa.
Rosina.— Encadenada
por mi adverso destino,
haré bien
si intento escapar
de la prisión
de mi tutor.
Bartolo.— Desde la ventana. Por favor señora,
debéis entrar,
ahora quiero cerrar
el balcón.
Rosina.— Ya mismo voy,
no os enojéis,
porque aquí fuera
no quiero estar.
Entran y Bartolo cierra la celosía.
Escena Cuarta
Reaparecen el conde y Fígaro.
Conde.— Ahora que ya entraron,
examinemos bien esta canción
que ciertamente encierra algún misterio.
Fígaro.— Quería saber cuál es la «precaución».
Conde.— Lee. «Cuando mi tutor se haya ido,
cantad indiferente
sobre la melodía y los versos de esta canción
vuestro nombre, estado y condición;
porque deseo saber
quién es que tanto se obstina
en amar a la desafortunada y mísera Rosina».
Fígaro.— ¡Excelencia! Bien, ya entiendo, ¡viva!
Aquí para su amor hay buenas perspectivas.
Conde.— Ahora ya lo sabes, pero si hablas...
Fígaro.— ¡Oh cielos!
¿Hablar yo? No, lo juro.
Pero piense en mi recompensa.
Conde.— Ahora me siento seguro.
Sabes, hace seis meses,
a esta rara beldad la vi en el Prado
y por Madrid la hice buscar en vano;
solo hace poco
descubrí que se llama Rosina,
noble de extracción y huerfanita,
y casada con un médico...
Fígaro.— Ahí se equivoca:
solo es su pupila.
Conde.— ¿Conoces a su tutor?
Fígaro.— Como a mi propia madre.
Es un hombre grande y gordo,
joven viejo, canoso y bien afeitado;
además celoso, avaro
y de su pupila enamorado.
Conde.— ¿Tienes acceso a su casa?
Fígaro.— ¡Y cómo! Soy
su barbero, su cirujano y su boticario.
Conde.— ¡Oh Fígaro suertudo!
¡Ah! Si pudiera entrar...
Fígaro.— Tengo una idea... Pensando.
Un regimiento llega a esta plaza.
Conde.— El coronel es mi amigo.
Fígaro.— Muy bien.
Debe presentarse al doctor
con uniforme militar
y una solicitud de alojamiento,
y para no levantar ninguna sospecha,
procure que su aspecto sea el de un borracho.
Conde.— ¡Excelente! Sí, sí, eso haremos.
Se abre la puerta...
Fígaro.— He aquí nuestro hombre, ¡huyamos!
Viendo salir a Bartolo, el conde y Fígaro se esconden.
Escena Quinta
Bartolo desde la casa; dichos, escondidos.
Bartolo.— Hacia la casa. Vuelvo en un instante.
Que no entre nadie... ¡Oh, qué locura
haber bajado poco antes!
¿Y Basilio por qué no viene? Tenía
que preparar el tormento, que el matrimonio
se realizara mañana en secreto:
voy a ver si no ha hecho nada.
Se va.
Escena Sexta
El conde y Figaro reentran.
Conde.— ¿Qué...? ¡Oh cielo! ¡Mañana se casa con Rosina!
¿Y quién es el tal Basilio,
que se inmiscuye en su matrimonio?
Fígaro.— Es un pobre desesperado,
que le enseña música a la pupila;
necesitado en demasía...
Conde.— Hacia la casa. ¡Ahí está!
Fígaro.— ¿Qué pasa?, ¿qué pasa?
Conde.— ¿No la ves?
Fígaro.— Detrás de la celosía...
Pero no mire...
Conde.— ¿Por qué?
Fígaro.— ¿Acaso ella no escribió,
«cantad indiferente»?
Conde.— ¿Pero cómo debo cantar?
Fígaro.— Como prefiera.
Todo lo que diga será excelente.
Le da su guitarra. Mientras el conde canta, Fígaro se mete bajo la ventana, la espalda apoyada en la pared.
Conde.— Canta acompañándose con la guitarra y paseándose con la carta de Rosina en mano; ella está detrás de la celosía ¿Anhelas saber,
bella, mi nombre?
Escucha entonces,
te lo diré.
Soy Lindoro,
de estado llano,
ningún tesoro
podré darte,
pero fiel para siempre
cada mañana
a ti mis penas
querida Rosina,
con el corazón en los labios
te cantaré.
Rosina.— Entonces, Lindoro,
cada mañana
sus penas
a Rosi...
Se oye la ventana cerrándose ruidosamente.
Conde.— Cerró la ventana;
alguien la sorprendió.
¡Qué espíritu, qué brío!
Fígaro, ¿crees que se me entregará?
Fígaro.— Creo que antes de propasarse,
pasaría a través de esa celosía.
Conde.— Hoy Rosina será mi esposa;
y si usted, señor Fígaro, me ayuda
no diciendo a nadie palabra alguna...
Hace gestos de recompensarlo.
Fígaro.— Raudo, Fígaro, vuela hacia la fortuna.
Excelencia,
venga a mi casa y traiga consigo
el uniforme de soldado,
la solicitud de alojamiento y algo de oro.
Conde.— ¿Y oro? ¿Por qué?
Fígaro.— Yéndose. Porque para decirlo, señor, francamente,
sin un poco de oro no se consigue nada.
Conde.— Reteniéndolo. No dudes Fígaro,
que algo de oro llevaré.
Fígaro.— Muy bien, señor,
ahora mismo vuelvo.
Conde.— ¡Eh, Fígaro!
Fígaro.— ¿Excelencia?
Conde.— Escucha, ten paciencia;
toma tu guitarra.
Fígaro.— La tomo y me voy.
Conde.— Llamándolo otra vez ¿Dónde vives, so tonto?
Fígaro.— Regresando ¡Ah sí! Se lo diré.
Mi negocio
está a cuatro pasos;
pintado de celeste,
los vidrios emplomados,
con tres palanganas
colgadas arriba
y por insignia
un ojo en una mano:
consiglio manuque.
Allí estaré.
Conde.— De acuerdo, Fígaro,
iré.
Se van.
Escena Séptima
Habitación de Rosina, con varias puertas y una ventana cerrada por una celosía. Ella escribe sobre una mesita; después Fígaro.
Rosina.— Nadie me ve escribir:
Marcellina está enferma y todos los sirvientes
ya están ocupados.
¡Ah!, el corazón siempre teme
que algún genio enemigo
informe al tutor
lo que hago, lo que pienso y lo que digo.
¡Adorado Lindoro!
¿Cuándo recibirá esta carta?
Hace poco lo vi hablando con Fígaro.
Ah, si pudiera apagar mis ansias...
Entra Fígaro.
Señor Fígaro, ¿aquí?
Escena Octava
Fígaro y Rosina.
Fígaro.— Para servirle, señora.
¿Cómo está?
Rosina.— Bien no estoy.
Decidme, ¿hace poco con quién hablábais?
Fígaro.— Con un joven estudiante, un pariente mío
llamado Lindoro;
pero tiene un problema:
el pobrecito está terriblemente enamorado.
Rosina.— Vivamente. ¿Ah sí, de quién?
Fígaro.— Imagíneselo. Mirándola con perspicacia.
De una bella persona,
dulce, tierna, lista,
con unos pies y una cintura que encantan,
de brazos redondos, labios hermosos y bellos dientes,
mejillas róseas, ojos negros, y además... presencia.
Rosina.— ¿Y se llama?
Fígaro.— ¡Qué! ¿No dije el nombre?
Rosina.— ¡Ah! Decidme el nombre;
a nadie lo diré, por mi honor.
Fígaro.— Es la pupila de su tutor.
Rosina.— ¡La pupila!... No lo creo.
Fígaro.— Él está impaciente
por venir aquí...
Rosina.— ¡Ah! Que no venga, sería mi perdición...
Fígaro.— Prohíbaselo su señoría,
escríbale un par de líneas.
Rosina.— Aquí las tengo escritas. Dándole la carta.
Tomadla... solo es por amistad.
Fígaro.— ¿Solo amistad, no amor?
Rosina.— ¡Cielos! Iros, viene mi tutor.
Fígaro.— Tranquilícese. Ya me voy. ¡Oh qué tesoro!
Se esconde.
Rosina.— Es mi tirano quien viene. Vuelvo al trabajo.
Se sienta para recamar al tambor.
Escena Novena
Bartolo encolerizado, y Rosina.
Bartolo.— ¡Maldito Fígaro! ¡Depravado!
Ha arruinado a toda mi familia
con narcóticos, sangre y otros brebajes.
Rosina.— (¡Oh, qué viejo más malo!).
Bartolo.— Decidme, ¿el barbero estuvo aquí?
Rosina.— ¿También él os intranquiliza?
Bartolo.— Como cualquier otro.
Rosina.— Pues bien, sí señor;
el barbero estuvo aquí,
lo vi, le hablé
y lo encontré de muy buen ver.
¡Ojalá os mueriérais de rabia!
Se va.
Escena Décima
Bartolo, solo.
Bartolo.— ¡Qué el diablo se lleve a los sirvientes!
No se puede ir ni un momento fuera.
¿Dónde estás, jovencito?
¿Y tú, espabilado?
Ese zorro de barbero me ha arruinado.
Escena Undécima
El espabilado, adormilado, llega bostezando; y dicho.
Bartolo.— ¿Pero dónde estabas atontado,
cuando hace poco
el barbero anduvo por aquí?
Espabilado.— Yo estaba, ¡ah... ah... ah!
Bartolo.— ¡Bravo! ¡Bravo! Ya entendí;
una gran respuesta de verdad.
Espabilado.— ¡Ah... ah... ah!
Bartolo.— Apuesto sobre seguro
que maquinabas alguna astucia.
¿No lo viste?
Espabilado.— Lo vi... ah... ah... ah... Bostezando.
Me encontró tan mal
que me siento... enfermo de verdad.
Bartolo.— Estoy perdiendo la paciencia.
¿Y el jovencito dónde está,
dónde está ese bribón?
Estoy seguro, por mi fe,
que se trata de una treta.
Escena Duodécima
El jovencito parece un viejo, se apoya en un bastón y estornuda de continuo, y dichos.
Espabilado.— Jovencito... ven aquí...
Jovencito.— Siempre estornudando. Achís... achís...
Bartolo.— Basta ya, estornudarás mañana:
Dime si alguien ha venido
aquí donde Rosina.
Espabilado.— Ah... ah... ah...
Jovencito.— Achís... achís...
Bartolo.— ¿Qué clase de canción es esta?
¿Qué?... ¿Cómo?... ¡Ahora, hablad!
¡Malditos!... No os entiendo.
¿Qué decís? No comprendo.
¿El barbero estuvo, sí o no?
Espabilado.— ¿El barbero... pero hay alguno?
Bartolo.— Apuesto a que está de acuerdo...
Espabilado.— Yo de acuerdo...
Jovencito.— No señor...
hay justicia...
Bartolo.— ¿Qué justicia?
Soy el patrón, y tengo razón.
Jovencito.— Pero si es cierto...
Bartolo.— No quiero que lo sea.
Jovencito, Espabilado.— Entonces es mejor irse.
Bartolo.— Será sin duda mucho mejor.
Imitándolos. Quien estornuda y quien bosteza
está mejor lejos a cien millas.
Jovencito, Espabilado.— Si no fuera por la señora,
ninguno... ninguno estaría aquí.
Bartolo.— Iros cuanto antes,
iros de una vez.
Los sirvientes se van.
Escena Decimotercera
Bartolo, don Basilio que llega, y Fígaro que escucha en disparte.
Bartolo.— ¡Ah! don Basilio, quizá venís
para darle a Rosina su clase de música.
Basilio.— Eso no importa tanto.
Bartolo.— Pasé a buscaros, pero no os encontré.
Basilio.— Estuve fuera por vuestros propios intereses;
tengo una mala noticia.
Bartolo.— ¿Para vos?
Basilio.— ¡Qué va, para vos!
El conde de Almaviva está aquí
y se pasea disfrazado.
Bartolo.— Hablad más bajo. Se trata de aquel
que en Madrid mandó buscar a Rosina.
¿Decidme, qué se puede hacer
contra un hombre tan poderoso?
Basilio.— ¿Qué cosa? Escuchad: Hay que calumniar.
La calumnia, señor mío,
¿no sabéis qué es?
Solo con ésta a todas horas
se puede hacer grandes cosas, doy fe.
Empieza aquí
arrastrándose lentamente,
y multitudinario el vulgo
la recoge, y se hace fuerte
pasando de boca en boca,
y el diablo por el oído
encuentra la puerta; así es.
La calumnia mientras crece,
se levanta, silba, engorda a la vista,
vuela por los aires, y cual torbellino,
relampagueando chilla y truena,
y creciendo deviene
un tumulto universal
y no hay ya remedio
para ese coro total.
Bartolo.— ¿Qué estáis entremezclando, don Basilio?
¿Y qué tiene que ver con mi situación
todo esto que lentamente va creciendo?
Basilio.— Hay mucho que hacer
si se quiere alejar a un enemigo.
Bartolo.— Pienso casarme con Rosina antes
que ella se entere de que el conde está en este mundo.
Basilio.— Pues si es así, no hay que perder
ni siquiera un instante.
Bartolo.— ¿Qué es lo que hace falta?
Basilio.— Falta el contante.
Vos lo estáis racaneando...
Bartolo.— ¡Vamos!, aquí tenéis. Le da una bolsa.
Y liquidad rápido este asunto.
Basilio.— Mañana se celebrará el matrimonio.
Se va, y Bartolo lo acompaña.
Escena Decimocuarta
Fígaro, saliendo del gabinete, después Rosina.
Fígaro.— ¡Qué buena precaución!
De todo voy a advertir al patrón.
Rosina.— Entrando. ¿Cómo, estáis aquí?
Fígaro.— Sí, por suerte,
y advertí que el tutor
hablaba con el maestro de capilla...
Rosina.— ¿Y os quedásteis a escuchar?
Fígaro.— ¡Oh, esta sí que es buena!
Y escuchando entendí
que el tutor con vos mañana se quiere casar.
Rosina.— ¡Santo Dios!
Fígaro.— ¿Qué teméis?
Yo les daré a ambos tanto que hacer
que no podrán pensar en el matrimonio.
Se va.
Escena Decimoquinta
Bartolo regresa, y dicha.
Rosina.— Señor mio, ¿estabais aquí con alguien?
Bartolo.— Sí claro, con don Basilio.
¿Hubiera sido mejor con el señor Fígaro?
Rosina.— Para mí todo es lo mismo.
Bartolo.— ¿Me gustaría saber
por qué vino aquí?
Rosina.— Para hablar en serio, vino a informarme
del mal de la enferma Marcelina.
Bartolo.— Yo apostaría que vino a propósito
para recibir alguna respuesta.
Rosina.— ¡Una respuesta! ¿Para quién?
Bartolo.— Lo sé muy bien...
Mirando las manos de Rosina.
Vos habéis escrito, señora.
Rosina.— Embarazada. Bueno sería
que quisierais hacerme admitir...
Bartolo.— Tomándole el dedo. ¿Y este dedo negro
qué significa?
Rosina.— Quiere decir... que me lo quemé por casualidad
y lo hundí en la tinta para curármelo.
Bartolo.— ¡Muy bien! Veamos:
Cuenta los folios del papel de carta.
Aquí había seis folios y ahora hay cinco...
Rosina.— (¡Oh, qué tonta fui!) El sexto...
Bartolo.— El sexto...
Rosina.— Bajando la vista. Hice un cartucho,
lo llené de dulces y se lo envié a la hija de Fígaro.
Bartolo.— Esta pluma era nueva,
¿cómo es que ahora está entintada?
Rosina.— La usé hace poco
para dibujar una flor en la prenda
que sobre el tambor bordo para vos.
Bartolo.— No os ruborizáis, y por lo tanto estoy seguro.
Sin duda me habré equivocado:
Cuando un dedo se ha quemado
y con tinta se ha curado
es seguro que así fue.
Si la pluma se entintó
el motivo fue la nueva flor
que sobre la prenda se dibujó.
Si del papel falta un folio
francamente se me dice
que a la hija del barbero
un cartucho lleno de dulces
hoy mismo se le mandó.
La pluma está entintada,
falta el folio,
y yo vuestras excusas
nunca creeré.
La próxima vez
que salga,
con cadenas,
candados
y un centenar de llaves
os encerraré.
Al salir se encuentra con el conde.
Escena Decimosexta
El conde, en uniforme militar, finge estar algo borracho, y dichos.
Bartolo.— Pero, ¿qué quiere este hombre? Es un soldado:
reentrad, señora.
Rosina.— Ah, no os dejo
aquí solo, no soy tonta;
a veces una mujer puede imponerse.
Conde.— Acercándose a Rosina. Reveillons là!
¿Quién de vosotros se llama doctor Bárbaro?
Por lo bajo a Rosina. (Rosina, soy Lindoro).
Bartolo.— ¿Querréis decir Bartolo?
Conde.— Sí, botarate, Bartolo...
Para mí todo es lo mismo.
A Rosina, mostrándole a hurtadillas una carta.
(Tomad esta carta).
Bartolo.— Al conde, que guarda la carta en el bolsillo.
¿Qué escondéis ahí en el bolsillo?
Conde.— Escondo aquello que no quiero que veáis?
Bartolo.— ¡Salid de aquí, vamos, desalojad!
Conde.— ¿Desalojar yo? ¿Sabéis leer
doctor Bertoldo?
Bartolo.— ¡Oh, qué pregunta!
Conde.— ¿Y por qué no?
Yo soy doctor y no sé leer.
Bartolo.— Si claro, sin talento.
Conde.— Soy el herrador del regimiento.
Bartolo.— ¡Esta sí que es buena!
Conde.— Esconde la carta y le da otro papel. Y aquí está
el afectuoso mensaje
que por mí os envía el cuartelero.
Bartolo.— Lee. «El doctor Bartolo
recibirá, nutrirá
y donde dormir dará...».
Conde.— Dormir dará.
Bartolo.— «... por una noche sola
al famoso Lindoro,
también llamado el alumno,
médico de caballos...».
Rosina.— (¡Es él!).
Bartolo.— A Rosina, irritado. ¿Qué pasa?
Conde.— ¿Estoy equivocado ahora?
Bartolo.— Pues bien: a vuestro
gran archimpertinente cuartelero
le direis que tengo una salvaguarda
que con mucho gusto ahora os mostraré.
Va a buscarla en el cajón de la mesita.
Conde.— (¡Ah! ¡Rosina!).
Rosina.— (¿Vos, Lindoro?).
Conde.— (Tomad esta carta).
Rosina.— (¿Qué hacéis? ¿No veis?).
Conde.— (Tirad vuestro pañuelo
y dejaré caer la carta).
Rosina.— (Con el doctor justo en frente,
¿cómo podré recogerla?).
Bartolo.— Calma, calma, buen soldado,
dejad de mirar a mi esposa.
Conde.— ¿Vuestra esposa?
Bartolo.— Sí señor.
Rosina.— Esposo no: mi tutor.
Conde.— Creí que era vuestro abuelo,
bisabuelo o tatarabuelo.
Bartolo.— Un momento, leeré.
Muestra un pergamino: «Los firmantes
damos fe...».
Conde.— Eh, id al diablo...
¿A mí qué me importa?
De un manotazo tira la carta al suelo.
Bartolo.— Airado.
Señor soldado,
¡es qué!, ¿no importo un pepino?
Rosina.— No os enfadeis.
¡Bah!, disculpadlo...
Bartolo.— Ahora llamaré
a mis sirvientes.
Rosina.— (¿Qué haré
ante semejante problema?).
Conde.— ¿Quereis guerra?
Pues que haya guerra;
así vereis
qué es una guerra.
Bartolo.— Al conde. Haréis bien
en iros,
porque sino
tendreis que arrepentiros.
Rosina.—¡Pero qué idea!
¡Pero qué locura!
No se puede hacer la guerra al vino,
seguro que no.
Conde.— Empujando al doctor. Aquí, este es el enemigo,
aquí cerca de un revellín;
y del otro lado está el amigo...
Piano a Rosina. (Ahora, sacad el pañuelo).
Aquí está...
Rosina saca su pañuelo, y el conde deja caer la carta entre ellos dos.
Bartolo.— ¿Qué es esto?
Conde.— La recoge. Es una carta de amor.
Rosina.— Sé qué es, señor soldado.
Bartolo.— ¡Dádmela! ¡Dádmela!
Conde.— ¡Con dulzura!
Si fuera una receta
sería para usted; pero siendo una carta,
es para ella.
Rosina.— La coge y se la mete en el bolsillo. Muchas gracias.
Bartolo.— ¡Fuera, salid!
Conde.— Ahora me iré.
Rosina.— (¡Ah! ¡Quién sabe cuando podré
leer su carta!).
Conde.— (¡Ah! ¡Quién sabe, Rosina mía,
cuándo te volveré a ver!).
Bartolo.— (¡Aquí se esconde algún embrollo
que bien pronto descubriré!).
El conde se va.
Escena Decimoséptima
Bartolo y Rosina.
Bartolo.— (¡Por fin se va! Disimulemos).
Rosina.— Ese soldado, por decirlo así, es muy alegre.
Bartolo.— ¿No estáis curiosa
por leer la carta que os ha dado?
Rosina.— ¿Qué carta? No entiendo.
Bartolo.— Señalando el bolsillo. La que ahí guardasteis.
Rosina.— Ah, sí, qué distracción.
Bartolo.— Venga, dejádmela ver.
Rosina.— No es sino el mensaje
que ayer recibí de mi primo.
Bartolo.— ¿Y no podría verlo?
Rosina.— No, señorito.
¡Vaya indignidad!
Bartolo.— Pataleando. ¡Quiero verlo!
Rosina.— No lo veréis.
Quiere huir.
Bartolo.— Cerraré la puerta, no escaparéis.
Rosina.— (¡Cielos!, ¡qué debo hacer! ¡Rápido, cambiémoslo!).
Mientras don Bartolo va a cerrar, Rosina cambia el mensaje.
Bartolo.— Ahora lo veré.
Rosina.— ¿Cómo?
Bartolo.— ¡Por la fuerza!
Rosina.— (¡Ay de mí!). Cae sobre una silla.
Bartolo.— ¿Qué tenéis?
Rosina.— Finge desmayarse. ¡Ah! ¡Me siento morir!
Bartolo.— No, mi tesoro...
Rosina.— ¡Ah! No puedo más... Me voy... Me muero.
Bartolo.— Ahora no me verá si leo la carta.
Le toma el pulso con una mano y con la otra le quita la carta y la lee.
Rosina.— Suspirando. ¡Ah!
Bartolo.— Qué rabia saber...
Rosina.— Suspirando de nuevo. ¡Oh, infeliz de mí!
Bartolo.— ¡Cielos! ¡Qué veo!
Esta carta es la de su primo;
¡estaba muy equivocado! ¡Qué mezquino soy!
Finge sostenerla y le remete la carta en el bolsillo.
Rosina.— ¡Ah!
Bartolo.— Es un ligero desmayo, mi bien, no temáis.
(¡Apenas tiene pulso!).
Saca del bolsillo un frasquito de agua perfumada.
Rosina.— ¡Oh, déjadme estar!
Bartolo.— Confieso: me equivoqué.
Rosina.— Esa forma de preguntar tan repelente...
Bartolo.— Perdón, querida; aquí estoy a vuestros pies.
Se arrodilla.
Rosina.— Con buenas maneras,
de mí, todo se obtiene. Aquí está, leedla.
Le entrega la carta.
Bartolo.— Tal honesto proceder
disipa mis sospechas.
Rosina.— Pero señor, leedla...
Bartolo.— El cielo me guarde
de ofenderos nuevamente.
Retrocediendo.
Pues bien, me voy
a ver a Marcelina.
Rosina.— Precededme; os seguiré en un momento.
Bartolo.— Ya que se ha hecho la paz,
amadme, y algún día seréis feliz.
Le besa la mano.
Rosina.— Bajando la vista. Complacedme, señor, y os amaré.
Bartolo.— Os complaceré, mi bien, os complaceré.
Se va alegre.
Escena Decimoctava
Rosina, sola, mirando si se ha ido.
Rosina. Leamos esta carta
que tanto pesar me ha dado:
Lee y después exclama.
¡Ah, leí demasiado tarde! Él me ruega
quejarme abiertamente
hoy con mi tutor: tuve mi oportunidad
y la dejé escapar. Mi tirano
es tan injusto conmigo, que me quita
mis bienes y la libertad. ¡Oh, Dios supremo!
¡Ten piedad de mis circunstancias!
¡Justo cielo que conoces
cuán honesto es mi corazón,
dadle a mi alma
esa paz que no tiene!
Se va.
ACTO SEGUNDO
Escena Primera
La habitación como en el primer acto, en la escena séptima.
Bartolo, solo.
Bartolo.— ¡Oh, qué carácter! ¡Ay de mí, qué carácter!
Creí que por fin se habría calmado,
pero, al contrario, que airada está,
y lo peor es que no quiere
más lecciones de Basilio.
Llaman a la puerta.
¿Pero quién llama tan fuerte?
Ni que quisieran tirar la puerta abajo;
me temo que será algún sinverguenza.
Va a abrir.
Escena Segunda
El conde vestido de bachiller, y dicho.
Conde.— Alegría y paz sean con vos.
Bartolo.— Paz del cielo también para vos.
Conde.— Os deseo paz y alegría.
Bartolo.— Buen augurio: me gusta de verdad.
Conde.— Paz y alegría sean con nosotros...
Os deseo paz y alegría.
Bartolo.— (¡Ay de mí, qué aburrimiento!).
Conde.— Paz y alegría, alegría y paz...
ese augurio vengo a dar.
Bartolo.— (¡Ah! Éste es capaz
de venir a engañarme).
¿Y bien, vos quién sois?
Conde.— Mi nombre es Alonso,
bachiller licenciado, señor.
Bartolo.— No necesito ningún preceptor.
Conde.— Soy alumno de don Basilio y tengo el honor...
Bartolo.— Sí, bien, lo del honor... Al grano.
Conde.— Él está algo enfermo, y en su lugar...
Bartolo.— ¡Enfermo! Vayamos a verlo.
Conde.— Embarazado. Me había encargado...
Bartolo.— (¡Éste es algún listo!). ¡Podéis hablar!
Conde.— (¡Oh, maldito viejo!). Don Basilio
me había encargado...
Bartolo.— ¡Más fuerte!, porque estoy sordo de un oído.
Conde.— Levantando la voz. Con mucho gusto:
que el conde de Almaviva...
Bartolo.— Asustado. Más bajo, os lo ruego.
Conde.— Hoy mismo se mudó
y llevo una carta que doña Rosina
le ha escrito.
Bartolo.— ¡Le ha escrito! Hablad bajo...
Conde.— ¿Pero no estáis sordo?
Bartolo.— Ah, señor Alonso, disculpad
si me encontráis tan desconfiado;
pero vuestra edad, parecido y figura
me hicieron sospechar; veamos la carta.
Conde.— Le da la carta de Rosina. Aquí está.
Bartolo.— ¡Ah pérfida!
Reconozco su escritura.
Lee farfullando.
Conde.— Seguid hablando, pero despacio.
Bartolo.— ¡Amigo, cuánto os debo!
Conde.— ¡Oh, no es nada!
Ahora don Basilio
hay que hablar con un curial
para acordar vuestro matrimonio,
y si ella se resiste...
Bartolo.— Se resistirá.
Conde.— Ese será el instante
en que podré serviros; le mostraremos
la carta diciéndole
que una amante del conde me la dió,
a que ahora es su favorita,
y entonces...
Bartolo.— Buena calumnia, bien pensada.
Ahora veo, amigo mío, que venís
de parte de don Basilio;
pero para no levantar sospechas
sería mejor si antes os conociese.
Conde.— Reprimiendo un arranque de júbilo.
Es justamente lo que pensaba don Basilio;
pero, ¿qué podemos hacer?
Bartolo.— Le diré que, como su sustituto,
habéis venido a darle la lección.
Conde.— Pero tened cuidado de no mostrar la carta.
Bartolo.— No lo dudéis, no se la mostraré.
Sale.
Escena Tercera
El conde solo.
Conde.— ¡Por fin estoy a salvo! ¡Vaya diablo de hombre!
Fígaro sabe muy bien
lo difícil que es manejarlo.
Sin la ocurrencia de la carta,
¡en qué lío me habría metido!
Escuchando tras la puerta.
¡Oh cielos! Están discutiendo; si ella no viene
habré perdido el fruto de mis penas.
Se oculta.
Escena Cuarta
Rosina con Bartolo, y dicho, escondido.
Rosina.— Todo lo que decís
es inútil, señor,
ya no quiero más lecciones de música.
Bartolo.— Pero se trata de don Alonso,
el amigo y discípulo de don Basilio.
Rosina.— ¿Dónde está este maestro
que tanto teméis rechazar?
Bartolo.— Aquí está...
Rosina.— Viendo a su amante da un grito. ¡Ay de mí!
Bartolo.— ¿Qué tenéis?
Rosina.— Con una gran confusión.
¡Oh Dios, señor..., oh Dios!
Bartolo.— Ella se siente mal, señor Alonso.
Rosina.— No, no me siento mal, pero al volverme...
Conde.— ¿Os habéis torcido el pie, mi señora?
Rosina.— Sí, es el pie, y me duele.
Bartolo.— Rápido una silla.
Va a buscarla.
Conde.— A Rosina. (Rosina...).
Rosina.— (¡Que imprudencia!).
Bartolo.— Aquí está; sentaos.
Hoy no parece, bachiller,
que ella pueda tomar lecciones.
Rosina.— ¡Ah..., un momento!, el dolor ya se ha pasado.
Reconozco mi error
y lo quiero reparar.
Bartolo.— ¡Oh no, mi querida,
no debéis esforzaros...
Rosina.— Si lo permitís, tomaré la lección.
Conde.— A Bartolo. (No la contradigamos).
Bartolo—. En voz baja al conde. (Decís bien).
A Rosina.
Haced aquello que más os agrade.
Conde.— Toma una partitura del clavecín.
¿Es esta el aria que sirve para la lección?
Rosina.— Es un aria de La inútil precaución.
Bartolo.— ¡Siempre la misma historia!
Se sienta donde estaba Rosina.
Rosina.— Usted toque; quiero aprenderla de memoria:
«Aquí está la primavera
con su florido aspecto
y ese tan grato airecillo
que entre hierbas y flores juega.
Vuelve la fronda a los árboles
y al prado las hierbecillas,
pero la paz de mi corazón
no me devuelve.
Mísera pastorcilla;
lloro afligida y sola
no a la oveja perdida
sino al pastor Lindoro».
Escuchando el aria, Bartolo se adormece. En el ritornelo el conde se atreve a tomarle una mano a Rosina y a besarla. La emoción ralentiza la voz de Rosina, que se debilita y termina por faltarle en medio de la cadencia.
La orquesta sigue el movimiento de la cantante y se detiene.
Ante la total ausencia de sonido, Bartolo se despierta y Rosina retoma el aria.
«Aquí está la primavera
con su florido aspecto
y ese tan grato airecillo
que entre hierbas y flores juega.
Conde.— Esta arieta, a decir verdad, cautiva,
y la señora la interpreta muy bien.
Rosina.— Se burla usted de mí, señor,
la gloria toda se debe al preceptor.
Bartolo.— Me parece haber dormido mucho.
Bosteza.
Por ello me perdí esa aria tan hermosa;
pero dicho sin más entre nosotros,
esa manera de cantar no me gusta.
Prefiero en cambio aquellas arias
fáciles y tiernas, que por ejemplo
yo cantaba
en mi primera juventud...
Intentaré recordar alguna.
Mientras dura el ritornelo rebusca en su memoria rascándose la cabeza y cuando canta, hace castañetas y baila moviendo las rodillas como hacen los viejos.
¿Quieres Rosina
quedarte la prenda más fina?
¿Un buen partido,
que merezca, querida,
todo el amor?
Terso no estoy
pero sí de buen ver
y te aseguro
que en lo oscuro
todos los gatos
tienen el mismo color;
por tanto, no dudes, querida mía
y toma mi corazón.
Escena Quinta
Fígaro en el fondo, imitando los movimientos de Bartolo, y dichos.
Bartolo— Reparando en Fígaro.¡Señor barbero, pasad!
¡A propósito!, ¿ese cartucho de dulces
le gustó a vuestra hija?
Fígaro.— ¿Qué dulces?, ¿qué queréis decir?
Rosina.— Interrumpiéndolo. A esos dulces que os di esta mañana para llevarle a vuestra pequeñita.
Fígaro.— ¡Ah, me había olvidado!
¡Buenísimos, excelentes!
Bartolo.— ¡Muy bien señor barbero!
A todo esto, ¿a qué habéis venido?
¿A purgar, a desplumar
toda mi casa y arruinarla?
Fígaro.— Vine para afeitarlo, hoy es su día.
Bartolo.— Hoy no tengo tiempo, volved mañana.
Fígaro.— Lo siento, pero estoy muy atareado, no puedo volver.
¿Queréis pasar, señor, a vuestra habitación?
Bartolo.— ¡Caramba: quiero quedarme aquí!
Rosina.— Indignada. ¡Vaya maneras!
¿Y por qué aquí en mi habitación?
Bartolo.— Para no estar lejos de vos ni un momento.
Fígaro.— En voz baja al conde. (No consigo alejarlo).
Llamando. ¡Jovencito! ¡Espabilado!
traed agua, la bacía y el jabón...
Bartolo.— Sí, sí, llamadlos;
están todos en la cama, arruinados.
Fígaro.— Pues bien, iré...
Bartolo.— No. Voy yo.
Saca el mazo de llaves y en voz baja dice al conde.—
(¡No dejéis que se acerque a ella!).
Sale.
Escena Sexta
El conde, Rosina y Fígaro.
Fígaro.— ¡Pues sí que la hemos hecho!
Me hubiera dado el mazo entero de llaves.
¿Cuál es la llave de la celosía?
Rosina.— La más nueva de todas.
Fígaro.— Ya sé:
el que la sigue la consigue.
Escena Séptima
Bartolo que regresa, y dichos.
Bartolo.— (No sé qué hago
dejando aquí a ese diablo de barbero).
Le da el mazo de llaves a Fígaro.
Aquí tenéis, en mi habitación, ¡pero sin tocar!
Fígaro.— No tocaré nada, no lo dudéis.
Sale.
Escena Octava
Bartolo, el conde y Rosina.
Bartolo.— En voz baja, al conde. (Él, de cierto, llevó
esa carta al conde).
Conde.— En voz baja, a Bartolo. (Tiene el aire de un bribón).
Bartolo.— En voz baja, al conde. Ya no me atrapará.
Rosina.— ¡Qué groseros sois,
señores míos, hablando en voz baja los dos!;
pero la lección...
En este momento se oye un ruido como de porcelana que se rompe.
Bartolo.— ¡Oh, qué estrépito!
Ese maldito diablo de barbero
habrá roto lo que hay en el gabinete.
Sale corriendo.
Escena Novena
El conde y Rosina.
Conde.— ¡Oh! Aprovechemos ahora el momento
que el barbero nos prepara.
Permitidme, querida,
que esta noche pueda hablar con vos
a fin de posibilitar que luego os sustraiga al tutor.
Rosina.— ¡Ah, Lindoro!
Conde.— Puedo subir
hasta vuestra celosía;
respecto de vuestra carta, me vi forzado...
Escena Décima
Bartolo, Fígaro y dichos.
Bartolo.— No me equivoqué, está todo destrozado.
Fígaro.— ¡Mirad qué daño!
Está oscuro en la escalera y subiendo
Le muestra la llave al conde.
me enganché a una llave
Bartolo.— ¡Engancharse a una llave! ¡Qué hombre tan avispado!
Fígaro.— Mejor si encontráis, señor, otro mejor que yo.
Escena Undécima
Don Basilio y dichos.
Rosina.— (Don Basilio).
Conde.— (¡Justo cielo!).
Fígaro.— (¡Éste es el diablo!).
Bartolo.— Va a su encuentro. ¡Querido amigo!
¿Estáis bien restablecido?
De no haber sido por don Alonso
habría ido ir a verlo.
Basilio.— Sorprendido. ¡Don Alonso!
Fígaro.— ¡Siempre obstáculos!
Pataleando.
¿Queréis ahora que os afeite?
Basilio.— Decidme, señores míos...
Fígaro.— Ya no aguanto más.
Basilio.— Pero es necesario...
Conde.— ¡Eh! Callad.
El señor ya está informado
que me habéis encargado
venir a dar la lección.
Basilio.— Más sorprendido. ¿La lección?... ¡Alonso! ¡Cómo!
Rosina.— ¡Oh, callad!
Basilio.— ¿También ella?
Conde.— En voz baja a Bartolo. (Decidle que está acordado).
Bartolo.— En voz baja a Basilio. (No nos contradigáis).
Basilio.— ¡Ah!, sí, sí, de acuerdo.
Bartolo.— Fuerte.Y entonces, ¿qué se sabe del curial?
Fígaro.— ¡Vamos, dejad ya al curial!
Basilio.— ¿Qué decís del curial?
Conde.— Sonriendo. ¿Habéis hablado con el curial?
Rosina.— Pero, ¿qué es este curial?
Basilio.— Impaciente. No, no, no lo vi al curial.
Conde.— En voz baja, a Bartolo. (Procurad que se vaya
porque temo que nos descubra).
Bartolo.— En voz baja, al conde. (Decís bien, eso haré).
A don Basilio. ¿Pero qué mal os sorprendió?
Rosina.— Decid, decid, fue un dolor...
Basilio.— Encolerizado.No os entiendo...
Conde.— Poniéndole una bolsa en la mano. Sí, señor.
Con vehemencia. Le pregunta aquí el doctor,
a qué habéis venido
en el estado que os encontráis.
Fígaro.— ¡Está amarillo como un muerto!
Basilio.— ¡Ah, comprendo!
Conde.— Os lo he dicho,
rápido, rápido, id a la cama,
vos nos preocupáis.
Fígaro.— ¡Oh, qué cara! Id a la cama.
Bartolo.— Tomándole el pulso. Hay fiebre: id a la cama.
Rosina.— ¡Fiebre! Tiemblo: id a la cama.
Basilio.— ¿O sea que tengo que irme a la cama?
Rosina, Conde, Fígaro, Bartolo.— Sin duda.
Basilio.— Mirándolos.Señores míos,
en efecto no estoy nada bien.
Vuelvo a casa y me voy a la cama,
eso será lo mejor.
Rosina, Conde, Fígaro, Bartolo.— Id a la cama.
Basilio.— Voy.
Bartolo.— A don Basilio.Y mañana, si estáis bien...
Conde.— A don Basilio.Yo estaré con vos temprano.
Fígaro.— A don Basilio.Vamos, no estéis tanto tiempo afuera;
rápido a casa, id allá.
Rosina— A don Basilio. Buenas noches don Basilio.
Basilio.— (Si la bolsa no estaba aquí...).
Rosina, Conde, Fígaro, Bartolo.— Buenas noches.
Basilio.— Saliendo. Buenas noches... ya me voy.
Rosina, Conde, Fígaro, Bartolo.— ¡Oh!, id allá.
Acompañándolo.
Escena Duodécima
Bartolo, el conde, Rosina y Fígaro.
Bartolo.— En un tono importante. Ese hombre ciertamente
no está bien.
Rosina.— Tiene
fuego en los ojos.
Conde.— Lo habrá golpeado
el aire nocturno.
Fígaro.— ¡Ah vamos!, se ve
que no está bien.
A Bartolo, empujando una silla lejos del conde, mostrándole la toalla.
¡Venga, decidíos!
Conde.— Antes de terminar,
señora, escuchad
aquello que es esencial
para cantar bien.
Bartolo.— Me parece de verdad
que lo hacéis a propósito
para que yo no vea.
Os ponéis
delante de mí.
Conde.— En voz baja a Rosina. (Tenemos las llaves
y a medianoche
vendremos aquí).
Fígaro.— Poniéndole la toalla bajo el cuello.
Queréis ver...
¡ay, ay...!
Bartolo.— ¡Qué hay!
Fígaro.— No sé, algo
me entró en el ojo.
Acercando a Bartolo su cabeza.
Bartolo.— ¡No frotéis!
Fígaro.— Es el ojo izquierdo;
soplad un poco
por favor.
Bartolo agarra la cabeza de Fígaro, y mirando por encima, lo empuja violentamente y se acerca por detrás a los amantes para escuchar su conversación.
Conde.— En voz baja a Rosina. (En cuanto
a vuestro mensaje,
me encontré en tal embrollo
que me vi obligado...).
Fígaro.— Desde lejos a fin de advertirles. ¡Oh, oh, oh, oh!
Conde.— (Que no fuera inútil
disfrazarme...).
Bartolo.— ¡Muy bien! ¡Qué honestos!
Rosina.— (¡Ah!, ¡qué mezquina!
¡Y ahora qué pasará!).
Bartolo.— ¡Muy bien señora,
no os consternéis;
¿bajo mis propios ojos,
en mi presencia
me hacéis
semejante ultraje?
Conde.— Me maravilláis, señor;
si así incurrís en error
veo claro que aquí la señora
nuncá será vuestra esposa.
Rosina.— ¡Yo su esposa! ¡El cielo me guarde!
Tristes días vendrían para mí
y en manos de un viejo celoso
perdería mi juventud.
Bartolo.— ¡Qué siento! ¡Qué escucho! ¡Qué horror!
Rosina.— Entregaré mi corazón y mi mano
a aquel que sepa sacarme cuanto antes
de tan negra y perversa esclavitud.
Bartolo.— Siento cómo la rabia me sofoca;
si no reviento, de verdad es un portento.
A Fígaro.
¡Ah! ¡Tú eres la causa, maldito!
¡Te empujaré por la escalera!
Rosina, Conde, Fígaro.— Por esos ojos que sueltan llamas,
por ese gesto tan asustado,
¡ah!, se lo ve loco rabioso,
habrá que hacerlo atar.
Bartolo.— ¡Ah, siento un gran fuego en mi pecho!
¡Entre todos me han asesinado!
Debo soliviantar al vecindario;
estos infames me la han de pagar.
Salen por todas partes.
Escena Decimotercera
Se oscurece la escena y se oye una sinfonía que describe un temporal.
Bartolo y Basilio con una lámpara de papel en la mano.
Bartolo.— ¿Cómo Basilio, vos no lo conocéis?
Basilio.— Por supuesto que no. Pero si os entregó
la carta de Rosina,
de cierto se trata de un emisario del conde;
aunque por el regalo que me hizo, confieso
que podría tratarse del conde mismo.
Bartolo.— ¿En mi lugar, Basilio,
no os casaríais con ella?
Basilio.— Temería los accidentes...
Bartolo.— Si no me caso, moriré de amor.
Basilio.— Siendo así, doctor, casaos con ella.
Bartolo.— Es lo que haré esta misma noche.
Basilio.— Voy por el notario y regreso.
Bartolo.— Os acompaño.
Le da una llave.
Tened mi llave.
Aquí estaré. ¡Vamos! Venga quien venga
no entrará nadie, os lo juro.
Basilio.— Con semejante precaución estáis a seguro.
Salen.
Escena Decimocuarta
Rosina sola, saliendo de la habitación con una lámpara.
Rosina.— Me parece haber escuchado
hablar a alguien. Es medianoche
y Lindoro no viene. Siento un rumor...
¡Cielos! Reentremos que aquí viene mi tutor.
Escena Decimoquinta
Bartolo regresa con una lámpara, y dicha.
Bartolo.— ¡Ah, Rosina!, ya que no habéis entrado
en vuestra habitación...
Rosina.— Iba a recogerme.
Bartolo.— Rosina, ¡oh!, escuchadme...
Rosina.— Mañana.
Bartolo.— Un momento de amabilidad...
Rosina.— (¡Ah, si él viniera!).
Bartolo.— Rosina, no temáis,
soy vuestro amigo;
¡oh!, escuchadme.
Rosina.— (¡Ay de mí, no puedo más!).
Bartolo.— Esta carta que le habéis escrito
al conde de Almaviva...
Rosina.— Sorprendida. ¡Al conde de Almaviva!
Bartolo.— ¡Qué hombre indigno!
Apenas la obtuvo hizo de ella un trofeo,
y ahora quien me la envía es una mujer
que él ha sacrificado.
Rosina.— ¡El conde de Almaviva!
Bartolo.— Me siento furioso con vos.
Fui avisado a tiempo de un complot
entre Fígaro, Almaviva y don Alonso,
ese supuesto alumno de Basilio,
que no es sino un vil agente del conde.
Rosina.— ¡Quién! ¿Lindoro? Aquel joven...
Bartolo.— (¡Ah, conque Lindoro!).
Rosina.— Y era para otra...
Bartolo.— Eso me ha dicho dándome la carta.
Rosina.— Airada. ¡Oh, qué indignidad! Señor, habéis
pensado en nuestro casamiento.
Bartolo.— Ya conocéis mis sentimientos.
Rosina.— Si todavía los tenéis, soy vuestra. (¡Oh, Dios!).
Bartolo.— El notario vendrá esta noche.
Rosina— Suspirando. ¡Ah!, aún hay más. ¡Qué humillación!
Debéis también saber que pronto el pérfido osará entrar
aquí por esa celosía
de la que os ha robado la llave...
Bartolo.— Observando el mazo. ¡Ah, pérfidos!
No os dejaré sola.
Rosina.— Y si están armados, ¿qué haréis?
Bartolo.— Tenéis razón; voy ahora mismo
a llamar al juez. En breve
será arrestado por ladrón.
Así, de un plumazo seré vengado.
Rosina,— Desesperada. ¡Oh! Olvidad mi error.
(Me castigo demasiado).
Bartolo.— Adiós, mi corazón.
Sale.
Escena Decimosexta
Rosina, ahora sola, saca un pañuelo y se abandona al llanto.
Rosina.— ¡Infeliz! ¿Qué hago? Ya viene;
quiero quedame y fingir delante de él
para contemplarlo en su perfidia.
Sabré preservarme
de su bajo proceder... Es necesario:
¡Noble de aspecto y con esa voz tan lisonjera
no era más que un vil agente y un seductor!
¡Oh, cielos! ¡Abren la celosía!
Huye.
Escena Decimoséptima
El conde y Fígaro, con capas, aparecen en la ventana.
Fígaro.— Desde fuera. ¿Entrásteis? Alguien está saliendo.
Conde.— ¿Es un hombre?
Fígaro.— No.
Conde.— Es Rosina,
que tu fea figura
habrá puesto en fuga.
Fígaro.— Entra en la habitación. Ya estamos, fuera temor.
Conde.— Entra también. Dadme la mano, es nuestra victoria.
Fígaro.— Quitándose la capa.
Estamos muy mojados.
Buen tiempo de verdad para perseguir la fortuna;
señor, ¿qué os parece?
Conde.— Para un amante, de verdad excelente.
Fígaro.— Sí, pero malo para un confidente.
Escena Decimoctava
Rosina y dichos.
Conde.— ¡Aquí está mi Rosina!
Fígaro enciende todas las lámparas.
Rosina.— Con indiferencia. Mi señor,
comenzaba a temer que no vendríais.
Conde.— ¡Ah, hermosa inquietud!
¡Oh!, mi bien, no conviene que proponga
que acompañéis en su suerte a un infeliz.
Cualquier refugio que escojáis,
hasta allí os seguiré, y sobre mi honor...
A sus pies.
Rosina.— Con desdén. ¡Oh, no juréis, traidor malnacido!
Os esperaba solo para detestaros;
Llorando.
pero antes de abandonaros
a vuestros remordimientos, cruel...
debéis saber que os amaba y que mi infeliz corazón
no anhelaba otra cosa
que seguir acompañándoos en vuestra mala suerte.
¡Lindoro ingrato!
¿Por qué abusar de mi bondad?
Me vendíais al conde de Almaviva.
Y esta carta...
Conde.— Sagazmente. Qué el tutor os ha enviado...
Rosina.— Justamente, con él
tengo la obligación...
Conde.— ¡Oh!, ¡qué feliz me siento!
Yo se la di, pero no pude informaros;
entonces Rosina, ¿es cierto que me amáis?
Fígaro.— Excelencia, señor, no lo dudéis.
Rosina.— ¡Excelencia! ¡Qué dice!
Conde.— ¡Oh amable mujer!
Se quita la capa, y deja ver su magnífico vestido.
No puedo seguir fingiendo: a vuestros pies
no está Lindoro, sino Almaviva;
yo soy el conde que desde hace seis meses
os busca siempre en vano
y el corazón os ofrece...
Rosina.— Cae en los brazos del conde. ¡Oh Dios!
Conde.— ... y mi mano.
Querida, eres mi gran amor,
el ídolo de mi corazón.
Rosina.— Querido, entre dulces penas
ardo por ti de amor.
Conde.— ¡Oh Dios!, ¡qué contento!
Rosina.— ¡Qué gran placer siento!
Conde, Rosina.— Olvido todas las penas
y a ti, hermoso ídolo mío,
seré fiel para siempre.
Fígaro.— Que mientras dura el dueto mira con frecuencia hacia la ventana para no ser sorprendidos,
exclama.
Excelencia, estamos entrampados,
nos quitaron la escalera.
Rosina.— ¡Ah!, yo soy la causa inocente;
lo dije todo, el tutor me engañó;
él sabe que estáis aquí.
Fígaro.— Mirando de nuevo. Excelencia, ya abren la puerta...
Rosina.— Corriendo entre los brazos del conde.
¡Ah Lindoro!, protegedme, mirad...
Conde.— ¡Ah Rosina! No, no temáis;
hoy seréis mi esposa
y sabré cómo castigar al viejo.
Escena Decimonovena
Don Basilio con el notario, y dichos.
Fígaro.— Excelencia, aquí está nuestro notario.
Conde.— Y el amigo Basilio viene con él.
Basilio.— ¿Qué es esto, ¿qué veo?
Notario.— ¿Son estos los futuros esposos?
Conde.— Somos nosotros. ¿Tenéis el contrato?
Notario.— Faltan los nombres. El contrato está aquí.
Rosina.— Al notario, que escribe. Me llamo Rosina: escribid.
Conde.— Y yo soy el conde de Almaviva.
Suscribamos. Y vos, don Basilio,
seréis testigo; eso espero.
Todos suscriben, excepto don Basilio.
Basilio.— Pero excelencia... pero cómo... el doctor...
Conde.— Dándole una bolsa de oro.
Suscribid, no seáis tan infantil.
Basilio.— Suscribo.
Fígaro.— (¡Entonces loco no está!).
Basilio.— ¡Este es un peso que hace decir sí!
Rosina, conde.— El dinero siempre es así!
Escena Última
Bartolo con un alcalde, alguaciles y sirvientes con antorchas; dichos.
Bartolo entra, ve al conde que besa la mano a Rosina y a Fígaro que abraza grotescamente a don Basilio.
Bartolo—. Agarrando al notario por la garganta.
¡Aquí Rosina rodeada de bribones!
Arrestadlos a todos;
a uno lo tengo ya.
Notario.— Mi señor, soy el notario...
Bartolo.— No, no te creo, un bribón es lo que eres.
¡Don Basilio, pero qué veo!
¿Cómo es que estáis aquí?
Alcalde.— Un momento, y que cada uno responda.
A Fígaro.
¿Qué hacéis en esta casa?
Fígaro.— Estoy aquí con su excelencia,
el gran conde de Almaviva.
Bartolo.— ¡De Almaviva!
Alcalde.— No son ladrones.
Bartolo.— ¿Qué importa esto aquí?
Señor conde, en otro lugar
siervo soy de su excelencia;
pero en mi casa, tenga paciencia,
no hay nobleza que valga.
Conde.— Estáis en lo cierto, pero, sin recurrir a la fuerza
Rosina me ha aceptado;
el acta ya está firmada,
¿quién se opondrá?
Bartolo.— A Rosina. ¿Y qué dice Rosina?
Rosina.— Dice la verdad, señor tutor;
le di la mano y el corazón,
y ya soy su esposa.
Bartolo.— ¡Buen contrato!, ¿y los testigos?
Notario.— Son estos dos señores.
Bartolo.— Colérico. ¿Vos, Basilio, también habéis firmado?
¿Y el notario, para quién lo trajísteis?
Basilio.— Lo traje... ¡Oh, esta sí que es buena!
Señalando la bolsa. Si él tiene llena la escarcela
de argumentos en cantidad.
Bartolo.— Usaré mi poder...
Conde— . Al alcalde. Lo perdiste, y aquí el señor
hará justicia
con todo el rigor de la ley.
Alcalde—. A Bartolo. Ciertamente, y por lo que veo
sois vos quien debe rendir cuentas.
Conde.— Que consienta; no pido nada más.
Bartolo.— ¡Me perdió el poco cuidado!
Fígaro.— Decid mejor la poca cabeza.
Bartolo.— ¡Qué ruina, qué tormenta
se formó sobre mi cabeza!
Va a suscribir el acta.
Rosina, Conde.— Y es que cuando el joven corazón
se ve favorecido por el dios del amor,
se torna siempre inútil
cualquier precaución.
Notario, Basilio, Fígaro, Alcalde.— Lo que hizo, con razón,
que ésta bien pueda llamarse
la inútil precaución.
Bartolo. Por lo que hice, con razón,
ésta bien puede llamarse
la inútil precaución.
TELÓN
***
NOTA:
Esta traducción de Nahuel Cerrutti, del libreto de la Ópera Il barbiere di Siviglia / El barbero de Sevilla; música de Giovanni Paisiello y libreto de Giuseppe Petrosellini, fue editada en versión bilingüe, italiano / español, por Nahuel Cerrutti Carol · Editor, en la Colección Violín de Carol · Libretos de Ópera. Sevilla, 2012.