Luigi Pirandello · El hombre de la flor en la boca. Traducción: Nahuel Cerrutti.
Diálogo teatral en un acto
Personajes:
El hombre de la flor en la boca · Un pacífico cliente
Se verán en el fondo los árboles de un bulevar, con las lámparas eléctricas que se traslucían detrás de las hojas. A ambos lados, las últimas casas de una calle que conduce a ese bulevar. Entre las casas de la izquierda hay un mísero café nocturno con mesitas y sillas sobre la acera. Delante de las casas de la derecha, una farola encendida. En el ángulo de la última casa de la izquierda, que hará esquina con el bulevar, otra farola también encendida. Será poco más de medianoche. Se oirá a lo lejos, a intervalos, el sonido dulce de una mandolina.
Al levantarse el telón, el Hombre de la flor en la boca, sentado a una de las mesitas, observará largo rato y en silencio al Cliente que, en la mesita contigua, sorberá con una pajita un sirope de menta.
Hombre de la flor. ¡Ah, tengo que decirlo! Usted, un hombre pacífico es… ¿Ha perdido el tren?
Cliente. Por un minuto, ¿sabe? Llego a la estación, y lo veo escaparse delante.
Hombre de la flor. ¡Podría haber corrido un poco!
Cliente. Ya. Es para reírse, lo sé. Bastaba, Dios mío, no haber tenido todo ese lío de paquetes, paquetitos y bolsas. ¡Ni que uno fuera un burro! Pero las mujeres ─encargos… encargos…─ no acaban nunca. Tres minutos, créame, apenas fuera del coche, para meter los dedos en los nudos de todos esos paquetes; dos paquetes por cada dedo.
Hombre de la flor. ¡Habría que haberlo visto! ¿Sabe qué hubiera hecho yo? Los habría dejado en el coche.
Cliente. ¿Y mi mujer? ¡Ah, sí! ¿Y mis hijas? ¿Y todas sus amigas?
Hombre de la flor. ¡Gritar! ¡Me hubiera divertido de lo lindo!
Cliente. Porque usted tal vez no sabe qué cosa se vuelven las mujeres en vacaciones.
Hombre de la flor. Claro que no sé, y justo porque lo sé. Pausa. Todas dicen que no necesitarán de nada.
Cliente. ¿Eso solo? Son también capaces de sostener que se van para ahorrar. Después, apenas llegan a un pueblo de los alrededores, ¡cuanto más feo es, más mísero y mugriento, ellas son más extravagantes vistiendo sus adornos más vistosos! ¡Ah, las mujeres, estimado señor! Pero, en realidad, esa es su profesión… ─«¡Cariño, si hicieras una escapada a la ciudad! Necesitaría esto… y esto otro… y podrías también, si no te molesta, claro; ¡sobre todo ese “si no te molesta”!... y a continuación, ya que vas, al pasar por…». ─Pero, ¿cómo quieres, querida mía, que en tres horas te resuelva todas estas cosas? ─«¡Uf, pero, ¿qué dices?! Usando el coche…». El problema es que, al quedarme solo tres horas, he venido sin las llaves de casa.
Hombre de la flor. ¡Oh, vaya! ¿Y entonces?
Cliente. He dejado toda esa montaña de paquetes en depósito en la estación; me fui a cenar a un restaurante, y después, para quitarme de encima la mufa, al teatro. El calor era insoportable. A la salida me digo, ¿y ahora qué hago? Son las doce; a las cuatro tomo el primer tren; por tres horas de sueño no vale la pena. Y me vine aquí. Este café no cierra, ¿no?
Hombre de la flor. No cierra, no señor. Pausa. ¿Entonces dejó todos esos paquetes en la estación?
Cliente. ¿Por qué me lo pregunta? ¿Es que acaso no están seguros? Estaban todos bien atados…
Hombre de la flor. ¡No, no, no digo! Pausa. Y bien atados, me lo imagino: con ese arte especial que tienen los jóvenes comerciantes en envolver las cosas vendidas… Pausa. ¡Qué manos! Una buena hoja grande de papel doble, rojo, alisado… que es de por sí un placer verlo… tan liso, que uno metería la cara para sentir esa caricia tan fresca… Lo extienden sobre el mostrador y después con gesto desenvuelto colocan encima, en el centro, la tela ligera, bien doblada. Levantan primero de abajo, con el dorso de la mano, un extremo; después, de arriba, bajan el otro y le hacen también, con especial gracia, un pliegue, así, como por amor al arte; a continuación doblan de un lado y del otro en triángulo y esconden por debajo ambas puntas; alargan una mano hasta la caja del hilo y tiran de él cuanto basta para atar el paquete, y lo hacen con tal rapidez que usted no tiene ni siquiera el tiempo de admirar su pericia, que ya le presentan el paquete con el nudo preparado para que usted pueda meter el dedo.
Cliente. Eh, se nota que usted ha prestado mucha atención a esos jóvenes comerciantes.
Hombre de la flor. ¿Yo? Estimado señor, me paso días enteros. Soy capaz de estar una hora quieto a mirar dentro de una tienda a través de la vidriera. Me olvido. Me parece ser, querría verdaderamente ser esa tela de seda… ese bordado… esa cinta roja o celeste que las jóvenes de las mercerías, después de haberlo medido con el metro, ¿vio cómo lo hacen?, se lo recogen bajo forma de ocho alrededor del pulgar y el meñique de la mano izquierda, antes de envolverlo. Pausa. Miro al cliente o a la clienta que salen de la tienda con el paquete colgado del dedo o en la mano bajo el brazo… los sigo con la mirada hasta que no los pierdo de vista… imaginando… ¡Uh!, ¡cuántas cosas imagino! Usted no puede hacerse una idea. Pausa. Después, cabizbajo, como para sí. Pero me sirve. Esto me sirve.
Cliente. ¿Le sirve? Disculpe…, ¿qué cosa?
Hombre de la flor. Agarrarme así, digo con la imaginación, a la vida. Como una hiedra alrededor de las rejas de una verja. Pausa. No permitir a la imaginación descansar ni un momento: agarrarse, pegarse con ella, continuamente, a la vida de los otros…, pero no a la gente que conozco. No, no. ¡A ésta no podría! Siento un fastidio, si supiera, una náusea. A la vida de los extraños, en torno a la cual mi imaginación puede trabajar libremente, pero no a capricho, más bien teniendo en cuenta las mínimas apariencias descubiertas en éste o en aquel. ¡Y si supiera cómo y cuánto trabaja!, ¡hasta dónde consigo entrar! Veo la casa de uno u otro; las vivo; las siento como propias hasta advertir… ¿conoce ese particular hálito que encierra cada casa?, en la suya, en la mía. Pero en la nuestra nosotros ya no lo advertimos más, porque es el hálito mismo de nuestra vida, ¿me explico? Ah, veo que usted asiente…
Cliente. Sí, porque debe ser un gran placer el que usted siente al imaginar tantas cosas…
Hombre de la flor. Con fastidio, después de haberlo pensado un poco. ¿Placer? ¿yo?
Cliente. Bueno… eso me figuro…
Hombre de la flor. Pero dígame. ¿Estuvo alguna vez en la consulta de algún médico experto?
Cliente. Yo no, ¿por qué? ¡No estoy para nada enfermo!
Hombre de la flor. ¡No se alarme! Se lo pregunto para saber si alguna vez vio en la consulta del médico la sala donde están los pacientes a esperar su turno para ser revisados.
Cliente. Oh, sí. Me tocó una vez de acompañar a una de mis hijas que sufría de los nervios.
Hombre de la flor. Bien. No quiero saber. Digo, esas salas… Pausa. ¿Se dio cuenta? Sillón de tela oscura, pasado de moda… esas sillas mullidas, a menudo diferentes… esas butacas … Todo comprado de manera casual, objetos de reventa, colocada allí para los pacientes; eso no pertenece a la casa. El señor doctor tiene para él, para las amigas de su mujer, otra sala de estar bien distinta, rica, bella. Quién sabe cómo desentonaría alguna de esas sillas, alguno de esos sillones, llevado a la sala de los pacientes para los que basta esta decoración así, sin cumplidos, decente, sobria. Me gustaría saber si usted, cuando fue con su hija, miró atentamente la silla o el sillón donde estuvo sentado, esperando.
Cliente. Yo no, realmente…
Hombre de la flor. Claro; porque no estaba enfermo… Pausa. Pero tampoco los que lo están suelen estar atentos, preocupados tan solo por su mal. Pausa. ¡Sin embargo, cuántas veces alguno de ellos está atento a mirarse el dedo que hace dibujos imaginarios sobre el reposabrazos lustroso de ese sillón donde está sentado! Piensan y no ven. Pausa. ¡Pero qué efecto hace, cuando se sale de la visita, cruzando nuevamente la sala, ver ese mismo sillón donde poco antes, a la espera de la sentencia acerca de nuestro mal desconocido, estábamos sentados! Encontrarlo ocupado por otro paciente, también él con su mal secreto; o ahí, vacío, a la espera de algún otro paciente que venga a ocuparlo. Pausa. ¿Pero, de qué hablábamos? Ah, sí… El placer de la imaginación. ¡Quién sabe por qué me ha venido de repente pensar en un asiento de estas salas de médicos, donde los pacientes están a la espera de que los atiendan!
Cliente. Ya… realmente…
Hombre de la flor. ¿No ve la relación? Yo tampoco. Pausa. Pero es que el recuerdo que algunas imágenes, entre ellas lejanas, es algo privativo de cada uno de nosotros; y determinadas por razones y experiencias tan singulares, que uno no entendería al otro si, hablando, no nos inhibiésemos de usarlas. A menudo, nada más ilógico que estas analogías. Pausa. Pero la relación, tal vez, puede ser esta, mire: ¿sentirían placer estos sillones imaginando quién será el paciente que se sentará encima a la espera de que los atiendan?, ¿qué mal incuba dentro?, ¿dónde irá, ¿qué hará después de la visita? Ningún placer. Y lo mismo digo yo: ¡Ninguno! Vienen tantos pacientes, y ellos están siempre ahí, pobres silloncitos, para ser ocupados. En este momento usted me está ocupando, y crea que no siento ningún placer por el tren que ha perdido, por la familia que lo espera de veraneo, de todo el fastidio que puedo suponer que siente.
Cliente. ¡Uf!, ¡y tanto, sabe!
Hombre de la flor. Agradezca a Dios, si es solo fastidio. Pausa. Hay quien está peor. Pausa. Yo le digo que necesito agarrarme a la vida de los otros, pero así, sin placer, sin interesarme del todo, es más, para sentir el fastidio, para juzgarla estúpida y vana, la vida, de modo tal que a nadie le importe terminarla. Con profunda rabia. Y esto debe demostrarse bien, ¿sabe?, con pruebas y ejemplos continuos, a nosotros mismos, implacablemente. Porqué, estimado señor, no sabemos de qué está hecho, pero está, está, lo sentimos todos aquí, como angustia en la garganta, el gusto por la vida, que no se satisface jamás, que nunca puede ser satisfecho, porque la vida, en el acto mismo de vivirla, es siempre tan ávida de sí misma, que no se deja saborear. El sabor está en el pasado, que permanece vivo dentro. El gusto por la vida nos viene de ahí, de los recuerdos a los que seguimos conectados. ¿Pero conectados a qué cosa? A esta tontería de aquí… a estos problemas… a tantas estúpidas ilusiones… fútiles ocupaciones… Sí, sí. Esta que ahora es una tontería… esto que ahora es un problema… e incluso me atrevo a decir, esta que ahora es una desgracia, una verdadera desgracia… sí señores, a distancia de cuatro, cinco, diez años, quién sabe cómo sabrá… qué gusto, estas lágrimas… Y la vida, ¡Dios!, el solo pensamiento de perderla… especialmente cuando se sabe que es cuestión de días… En este punto, de la esquina a derecha asomará la cabeza de una mujer vestida de negro a espiar. Ahí está… ¿la ve?, digo allí, en esa esquina… ¿ve aquella sombra de mujer? ¡Ah, ya se escondió!
Cliente. ¿Cómo? ¿Quién… quién era?
Hombre de la flor. ¿No la vio? Ya se escondió.
Cliente. ¿Una mujer?
Hombre de la flor. Mi esposa.
Cliente. ¡Ah! ¿Su señora?
Hombre de la flor. Después de una pausa. Me vigila desde lejos. Y me viene, créame, de ir y agarrarla a patadas. Pero sería inútil. Es como una de estas perras perdidas, obstinadas, que cuanto más uno las patea, más se agarran al tobillo. Pausa. Todo lo que esa mujer está sufriendo por mí, usted no se lo imagina. No come, ya no duerme. Me sigue, día y noche, así, a la distancia. Y si por lo menos estuviera atenta a sacudir el polvo de ese trasto que lleva en la cabeza, del vestido. Ya no parece más una mujer, sino un trapo. Se le ha empolvado hasta el pelo, y para siempre, aquí sobre las sienes, y tiene apenas treinta y cuatro años. Pausa. Me da una rabia que usted no se imagina. A veces la encaro, y sacudiéndola, le grito: ─¡Estúpida!─. Lo acepta todo, y se queda ahí a mirarme con ciertos ojos… con ciertos ojos que, le juro, me hacen llegar hasta la punta de los dedos un deseo salvaje de destrozarla. Nada. Espera a que me aleje para volver a seguirme a la distancia. De nuevo a este punto, la mujer asomará la cabeza. Ahí está, otra vez… asomando la cabeza desde la esquina.
Cliente. ¡Pobre mujer!
Hombre de la flor. ¡Pero qué pobre ni pobre! Querría, ¿me entiende?, que yo me quedara en casa, quieto, tranquilo, a regodearme rodeado por sus más amorosas y apasionadas atenciones; a gozar del orden perfecto de todas las habitaciones, de la pulcritud del mobiliario, de aquel silencio glacial que había antes en mi casa, medido por el tictac de la péndola del comedor. ¡Esto es lo que querría! Y ahora se lo pregunto a usted, para hacerle entender esta absurdidad… pero, ¡qué digo!, ¿qué absurdidad?, la macabra ferocidad de semejante pretensión, le pregunto si cree posible que las casas de Avezzano, las casas de Mesina, a sabiendas del terremoto que en breve las destruirían, se hubieran quedado tranquilas bajo la luna, ordenadas en fila a lo largo de las calles y las plazas, obedientes al plano regulador de la comisión edilicia municipal. ¡Casas, por Dios, de piedra y vigas, se hubieran escapado! Imagínese a los ciudadanos de Avezzano, de Mesina, desvestirse plácidamente para ir a la cama, doblar la ropa, dejar los zapatos fuera de la puerta, y meterse bajo las mantas a gozar del candor fresco de las sábanas recién lavadas, con la conciencia de que dentro de unas pocas horas estarían muertos. ¿Le parece posible?
Cliente. Pero es posible que su señora…
Hombre de la flor. ¡Déjeme hablar! Si la muerte, señor mío, fuese como uno de esos insectos raros, asquerosos, que alguien de pronto se descubre encima… Usted va por calle; otro peatón, de súbito lo detiene y, cauto, con dos dedos extendidos, le dice: «Disculpe, ¿permite?, usted, querido señor, lleva la muerte encima»; y con esos mismos dedos, la agarra y la tira a la calle… ¡sería magnífico! Pero la muerte no es como uno de esos insectos asquerosos. Tantos que pasean desenvueltos y ajenos, es posible que la lleven encima; nadie la ve; y con la misma tranquilidad piensan en lo que harán mañana o pasado mañana. Ahora yo, se levantará, estimado señor, venga… venga aquí… lo hará ponerse de pie y lo llevará bajo la farola encendida… bajo esta farola… venga, le haré ver una cosa… Mire aquí, debajo de mi bigote… aquí, ¿ve este hermoso tubérculo violáceo? ¿Sabe cómo se llama? Ah, tiene un nombre dulcísimo… más dulce que un caramelo: Epitelioma, se llama. Pronúncielo, sentirá qué dulzura: epitelioma… La muerte, ¿entiende?, ha pasado. Me dejó esta flor en la boca, y me dijo: «¡Quédatelo, querido, volveré dentro de ocho o diez meses!». Pausa. Ahora dígame usted, si con esta flor en la boca, yo puedo quedarme en casa tranquilo y quieto, tal como pretende esa desgraciada. Pausa. Le grito: ─¡Ah, sí, y quieres que te bese─. ─¡Sí, bésame!─. ¿Pero sabe qué hizo? Con un alfiler, la otra semana, se hizo un pequeño corte aquí, en el labio, y después me agarró la cabeza y pretendió besarme… besarme en la boca… Porque dice que quiere morir conmigo. Pausa. Está loca. Después con ira: ¡En casa yo no me quedo! Necesito pararme a mirar los escaparates de las tiendas, a admirar la soltura de los jóvenes a cargo del negocio. Porque, como usted comprenderá, se me hace un momento de vacío dentro… usted lo entiende, puedo incluso matar como si nada la vida de alguien que no conozco… sacar la pistola y asesinar a alguien que, como usted, por desgracia, haya perdido el tren… Reirá. ¡No, no tema, estimado señor!: ¡Bromeo! Pausa. Me voy. Pausa. En todo caso me suicidaría… Pausa. Pero en estos días hay ciertos albaricoques, tan buenos… ¿Usted cómo los come? Con piel y todo, ¿no es así? Se abren por la mitad; se presiona con los dedos, a lo largo… con dos labios jugosos… ¡Ah, qué delicia! Reirá. Pausa. Salude de mi parte a su estimada señora y también a sus hijas que están de veraneo. Pausa. Me las imagino vestidas de blanco y celeste, en un hermoso prado verde a la sombra… Pausa. Y hágame un favor, mañana, cuando llegue. Me figuro que el pueblito estará algo alejado de la estación. Al amanecer, usted puede recorrer esa distancia a pie. De la primera matita de hierba que encuentre en el borde del camino, cuente por mí las briznas que tenga. Tantas como sean, tantos días serán los que me quedan de vida. Pausa. Pero elíjala mas bien gruesita, por favor. Reirá. Después: Buenas noches, estimado señor.
Y se irá, tarareando el motivo de la mandolina lejana, hacia la esquina a la derecha; pero a un cierto punto, pensando que su mujer pudiera estar allí esperándolo, dará media vuelta hacia el lado opuesto, seguido por la mirada del pacífico cliente sin duda pasmado.
FIN
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