Iginio Ugo Tarchetti · Las leyendas del castillo negro. Traducción: Nahuel Cerrutti.
Ignoro si las memorias que ahora comienzo a escribir puedan tener interés para otros como para mí, que es, en última instancia, para quien escribo.
En ellas, casi en su totalidad, me refiero a un acontecimiento lleno de misterio y de terror, en el cual no será posible para muchos encontrar el hilo de los hechos, colegir alguna consecuencia, o encontrar la razón que sea. Solo yo podré, yo, actor y víctima a un mismo tiempo.
Todo comenzó en esa edad en la cual la mente es susceptible de sufrir las alucinaciones más extrañas y temibles, y continúa, interrumpida y reanudada, después de un intervalo de veinte años, rodeada de todas las apariencias de los sueños, y finalizada –si así puede decirse de algo que no tuvo principio evidente– en una tierra que no era la mía, y hacia la que me habían atraído sus tradiciones llenas de supersticiones y de tinieblas. Yo no puedo considerar este hecho inescrutable de mi vida que como un enigma irresoluble, como la sombra de un hecho, como una revelación inconclusa, pero elocuente de una existencia vivida. ¿Fueron hechos, o visiones? Lo uno y lo otro, tal vez ni lo uno ni lo otro. En el abismo que ha engullido el pasado no hay ni hechos ni ideas, tan solo el pasado; en él, lo que caracteriza a las cosas se destruye con las cosas mismas, y las ideas se modifican con ellas. La verdad está en el instante. El pasado y el porvenir son tinieblas que nos envuelven por completo, y en medio de las cuales nos arrastramos, apoyándonos en cada presente que nos acompaña, como separado del tiempo mismo, en el viaje doloroso de la vida.
¿Habremos vivido otras vidas? ¿Habremos previamente existido en otro tiempo, con otro corazón y bajo otro destino, distintos del actual? ¿Hubo alguna época en el tiempo, en que hayamos estado en lugares que ahora ignoramos, amado personas que la muerte raptó para sí desde hace años, vivido con gente de la cual hoy vemos sus obras, o buscamos la memoria en las historias o en la oscuridad de las tradiciones? ¡Misterio! Y sin embargo..., pues sí, para que negar que a menudo sentí que algo me hablaba de otra existencia pasada, algo oscuro, confuso, es cierto, pero también lejano, infinitamente lejano. Hay remembranzas en mi mente que no pueden ser contenidas en este estrecho límite de la vida, y que para llegar hasta sus orígenes debo regresar en el tiempo, dos, tal vez tres siglos.
Me ha pasado varias veces durante mis viajes de detenerme en una campiña y exclamar:
─¡Ya he visto este sitio, ya estuve aquí otras veces! ¡Conozco estos campos, este valle, este horizonte!
Y a quién no le ha pasado, encontrándose a una persona cuyo semblante le es familiar, preguntarse: ¿dónde, cuándo, quién es? Y no saberlo, pero al que hubiéramos querido decir:
─Nosotros nos hemos visto otras veces, seguro que ya nos conocemos.
Cuando era niño veía con frecuencia a un viejo al que ciertamente había conocido de pequeño, y que a su vez, sin duda, me había conocido de viejo. Nos hablábamos, pero nuestras miradas no ignoraban nuestra antigua relación.
En la calle de Poole, que bordea la playa de la Manica, encontré una piedra sobre la que recuerdo haberme sentado, en un día triste y lluvioso, hace unos setenta años, a esperar a una persona cuyo nombre y rasgos he olvidado, y a quien quería.
En una galería de arte en Gratz, vi el retrato de una mujer a quien amé, y la reconocí de inmediato aunque entonces fuera más joven, y el retrato hubiera sido hecho unos veinte años después de nuestra separación. El cuadro estaba fechado en 1647, la época a la que se remontan la mayor parte de mis memorias.
Durante un cierto tiempo de mi infancia no conseguía escuchar algunas de las canciones que cantan las campesinas sin que de repente me transportaran a una época tan remota de mi vida, que no hubiera podido remontarme a ella ni siquiera multiplicando un gran número de veces los años ya vividos en la existencia presente. Era suficiente con escuchar una sola de aquellas notas para caer en un estado de parálisis, una especie de letargo que me extrañaba de todo aquello que me rodeaba, independientemente del estado de ánimo en el cual me hubiera sorprendido. Después de cumplidos los veinte años no volví a experimentar ese fenómeno. ¿Acaso no volví a escuchar esa misma nota, o mi alma, ya bastante impregnada de presente, se había vuelto insensible al reclamo?
¿Y si fuera que mi propia naturaleza está enferma, o mi percepción es distinta de los demás hombres, o incluso, que los otros hombres experimentan sensaciones parecidas sin advertirlo?
Siento, aunque no sabría decir cómo, que mi vida, o eso que llamamos con este nombre, no comenzó el día de mi nacimiento y no puede terminar el de mi muerte. Siento con la misma energía, con la misma plenitud de sensaciones conque siento la vida del instante aunque sea de un modo más oscuro, más extraño, más inexplicable. ¿Y por otra parte, cómo sentimos ese vivir en el instante? Se dice, yo vivo. No basta: en el sueño no tiene consciencia del existir, y no obstante se vive. Esta conciencia del existir puede no estar circunscripta exclusivamente en los estrechos límites de eso que llamamos vida. Podrían coexistir en nosotros dos vidas –que bajo formas distintas es la creencia de todos los pueblos de todas las épocas–, una esencial, continua, tal vez imperecedera; la otra periódica, con saltos más o menos breves, más o menos repetidos. Una como esencia y la otra como revelación, como forma. ¿Qué es lo que muere en el mundo? La vida muere, pero el espíritu, el secreto, la fuerza de la vida no muere: todo vive en el mundo.
Dije el sueño: Pero, ¿qué es el sueño? ¿Estamos completamente seguros de que la vida del sueño no sea una vida aparte, una existencia separada de la existencia de la vigilia? ¿Qué nos pasa durante ese estado? ¿Quién puede explicarlo? ¿Son reales los hechos a los que asistimos o en los que tomamos parte? ¿Lo que llamamos sueño no podría ser una memoria confusa de esos mismos hechos?... ¡Pregunta espantosa o terrible! Quizá, en un orden diverso de cosas, participamos en hechos, en ideas, en afectos de los cuales no podemos conservar la consciencia en la vigilia; vivimos en otro mundo y entre otros seres que cada día abandonamos y al que cada noche regresamos. Al final de cada día se muere de una vida, y cada noche se renace en otra. Pero esto que acaece en estas existencias parciales, tal vez se repite en aquella otra existencia total en las que se integran. Los hombres prefieren mirar al futuro, no al pasado; al fin y no al principio; al efecto y no a la causa; pero no es menos cierto que aquella porción de la vida a la que el tiempo nada puede quitar ni agregar, aquella sobre la cual nuestra mente tendría mayores derechos a posarse, y al investigarla obtener las más grandes complacencias, y las más útiles enseñanzas, es aquella que ha transcurrido en un pasado más o menos remoto. Puesto que hemos vivido, vivimos y viviremos. Hay algunas lagunas entre estas existencias, pero serán colmadas. Llegará una época en la que todo el misterio se habrá revelado; en la que se habrá desplegado íntegramente ante nuestros ojos el espectáculo de una vida, en una sucesión que comienza y se pierde en la eternidad; y allí leeremos, como si de un libro divino se tratase, las obras, los pensamientos, las ideas concebidas en una existencia transcurrida, o en una serie de existencias parciales que hemos olvidado. No sé si otros hombres comparten esta creencia; pero nada puede ni fortalecer ni debilitar mi convencimiento. En cualquier caso, este es el relato.
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En 1830 yo tenía quince años, y vivía con mi familia en una importante población del Tirol, del que algunas consideraciones personales me obligan a suprimir el nombre. Era la tercera generación desde que mis antepasados habían venido a ese poblado desde Suiza, aunque una línea directa de la familia era oriunda de Alemania. Respecto de este origen, las memorias que se conservaban eran tan inexactas y oscuras que nunca pude deducir algo concreto; en cualquier caso, me interesa asentar el hecho de que mis orígenes estaban en Alemania.
Éramos cinco: mi padre y mi padre, nacidos en ese pueblo, habían recibido esa educación limitada y modesta que es propio de la baja burguesía. Sin duda había tradiciones aristocráticas en mi familia que tenían su origen en el viejo feudalismo sajón, pero la fortuna de nuestra casa, habiéndose restringido sobremanera, hacía acallar en nosotros todo instinto de ambición y de orgullo. No había diferencias de ningún tipo entre las costumbres de mi familia y aquellas de las familias más modestas del pueblo; mis padres habían nacido y crecido entre ellas, su vida era toda una página blanca; y yo no había podido tomar de ellos, ni de la educación que me dieron, ninguna de las ideas, después recuerdos de la niñez, que predisponen a la superstición y al terror.
El único personaje cuya vida encerraba algo misterioso e inescrutable, y que se había agregado, por así decirlo, a mi familia, era un viejo tío vinculado a nosotros, se decía, por intereses comunes, que sin embargo no llegué nunca a conocer, después de que a su muerte y a la de mi padre, heredé.
En ese entonces –y hablo también del tiempo transcurrido desde que comencé estas memorias–, él tenía noventa años. Era alto e imponente, aunque ligeramente curvado; los rasgos de su cara majestuosos, marcados, diría que casi plásticos; su andadura digna, aunque vacilante por la edad, la mirada inquieta y escrutadora, especialmente viva sobre aquel rostro al que los años habían paralizado la movilidad y la expresión. De joven había sido sacerdote, empujado por las presiones insistentes de la familia; después ahorcó los hábitos para ser militar y como tal participó en la revolución francesa; pasó cuarenta años fuera de su patria y cuando regresó, como no había roto los votos contraídos con la iglesia, retomó los hábitos que llevó sin mancha y sin afectación de piedad hasta su muerte. Se le reconocía un ingenio agudo, aunque habitualmente se le viera sereno, de voluntad indomable, y de mente vasta y erudita, por mucho que intentara no parecerlo. Muy audaz y apasionado, se lo conceptuaba como un hombre fuera de lo común, de gran carácter. Aquello que entre otras cosas contribuía a rodearlo de este prestigio, era el misterio que escondía su pasado; algunas habladurías referidas a mil extraños acontecimientos en los cuales se pretendía que hubiese tomado parte, y aunque sí era cierta su participación en la revolución, se ignoraba la medida su influencia. Murió a los noventa y seis años llevándose a su tumba el secreto de su vida.
Son por todos conocidas las costumbres en un pueblo; no me detendré a relatar aquellas especiales de mi familia. Nos reuníamos todas las noches de invierno en una vasta sala en la planta baja, y nos sentábamos en círculo alrededor de una de esas chimeneas de amplia campana tan antigua como cómoda, que el gusto moderno ha abolido, sustituyéndolas por las pequeñas estufas de carbón. Mi tío, que vivía en un apartamento separado dentro de la misma casa, venía a veces y tomaba parte en nuestras reuniones para contarnos algunas de sus aventuras durante sus viajes y algunas escenas de la revolución que nos llenaban de terror y de maravilla; sin embargo, silenciaba su participación, y cuando le preguntábamos acerca de ella cambiaba de tema.
Una noche –lo recuerdo como si fuera ayer– estábamos reunidos según nuestra costumbre en aquella sala: era invierno, pero no nevaba; el suelo blanqueado por la escarcha reflejaba los rayos de la luna produciendo una luz blanca y viva como la de una aurora. El silencio era profundo, y en él destacaba el martilleo alternado de alguna gota destilada por los carámbanos de los aleros. De improviso, el rumor sordo de un objeto arrojado en el patio desde la tapia interrumpió nuestra conversación, entonces mi padre se levanta y rápidamente sale, pero no oye rumor alguno de pasos ni ve en todo el tramo de calle que se extiende delante de él a nadie alejarse. Recoge del suelo un envoltorio y vuelve a la sala. Lo rodeamos a fin de examinarlo. Era un paquete envuelto por un pliego cuadrado de gran formato, de viejo papel grisáceo manchado por el óxido y con los bordes cosidos con hilo blanco con un punto exacto y regular que denotaba el oficio de una mano femenina. El papel cortado aquí y allí por el hilo, y enrojecido y consumido en los bordes, indicaba que ese pliego había sido hecho hace tiempo.
Cuando mi tío lo recibió de manos de mi padre, pude ver como temblaba y palidecía al mirarlo. Una vez desenvuelto, sacó dos viejos tomos llenos de polvo y apenas los vio su cara se cubrió de una palidez cadavérica; entonces, disimulando su sorpresa y su dolor, dijo:
─¡Qué extraño! ─y después de unos breves instantes de silencio en los que nadie se atrevió a decir nada, continuó─: Es un manuscrito, son dos volúmenes de memorias que se retrotraen a los orígenes de nuestra familia y contienen algunas gloriosas tradiciones que le conciernen. Se los di a un joven que, aunque no pertenecía a nuestra familia, estaba unido a mí por ciertos motivos que no puedo revelar. Los recibió como prenda por una promesa que no yo, sino el tiempo, me impidió mantener; sí, el tiempo... ─agregó casi para sí mismo─. Lo había conocido en la universidad cuando estudiaba teología; lo guillotinaron en la plaza de la Greve y su familia fue destruida por la revolución hace ahora cuarenta años..., ni uno sobrevivió... ¡Qué extraño!...
Después de un breve intervalo, observando que en la costura de las hojas se había acumulado un polvo rojizo ligerísimo, nos dijo, como si hubiera recordado un peligro:
─Lávense las manos.
─¿Por qué?
─Nada...
Pero obedecimos. Pasamos el resto de esa velada en silencio; a mi tío se lo veía dominado por tristes pensamientos, esforzándose en evocar o en borrar recuerdos demasiado dolorosos. Se retiró muy pronto, y se recluyó en su apartamento durante dos días en los que no se dejó ver.
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Esa noche me acosté embargado por pensamientos extraños y pavorosos para los que no encontré razón. Me preocupaba la idea de lo acaecido más de lo que hubiera debido, más de lo que un niño de mi edad hubiese podido estarlo. Sería vano intentar explicar aquí mediante la palabra los sentimientos inexpresables y singulares que se agitaban en mi interior en esos momentos. Sentía que a esos volúmenes, a mi tío y a mí, nos unía un hilo que no había percibido hasta entonces, unas misteriosas y lejanas razones cuya naturaleza no alcanzaba a vislumbrar y menos aún a comprender su fin. Eran, o parecían recuerdos. ¿Pero de qué cosa? No lo sabía. ¿De qué tiempo? Sin duda lejano. De pronto, todo en mi mente juvenil se había alterado y confundido completamente.
Me dormí con estas ideas rondándome la cabeza y tuve este sueño:
Tenía veinticinco años, y en mi mente se aglomeraban todas las ideas, todas las experiencias, todo el aprendizaje que el tiempo me habría dado en los años que transcurrirían entre la edad real y la edad soñada; no obstante, aun comprendiéndolo, yo permanecía extraño a este mayor perfeccionamiento. Sentía en mí todo el desarrollo intelectual adquirido a esa edad, pero juzgaba con la mentalidad propia de mis quince años. Convivían dos individuos en mí, a uno le pertenecía la acción, al otro la consciencia y las apreciaciones acerca de la acción. Era una de aquellas contradicciones, de aquellas rarezas, de aquella simultaneidad de efectos que suelen producirse en los sueños.
Estaba en un gran valle bordeado por dos altas montañas: la vegetación, los cultivos, la forma y la disposición de las cabañas, y un no sé qué de diverso, de antiguo en la luz, en la atmósfera, en todo lo que me rodeaba, me decía que me encontraba en una época muy remota de la de mi existencia actual; dos o tal vez tres siglos atrás. ¿Cómo podía haber pasado? ¿Por qué estaba en esa campiña? No lo sabía; en el sueño, sin embargo, todo eso se daba por sobreentendido: las cosas que pasaban justificaban mi pertenencia a ese lugar, pero no sabía cuáles fuesen; no tenía conciencia de su valor, ni sobre su identidad, solo aquello que deducía de su propia existencia. Me hallaba solo y triste. Caminaba por un motivo preciso, fijado de antemano, por un fin que me atraía a aquel lugar, pero que ignoraba. En la extremidad del valle se levantaba una roca cortada a pico, alta, perpendicular, profunda, surcada de grietas donde no germinaba ni siquiera una liana, y sobre cuya cima había un castillo que dominaba todo el valle, un castillo negro. Sus torres dotadas de ballestas estaban atestadas de soldados, las puertas de los puentes bajadas, los miradores abarrotados de hombres y arneses de defensa; en las habitaciones del castillo estaba encerrada una mujer de prodigiosa belleza, y por la conciencia del sueño yo sabía que se trataba de la dama del castillo negro y que esa mujer estaba unida a mí por un afecto antiguo, y debía defenderla, sacarla de ese castillo. Pero abajo, en el valle, a los pies de la roca donde yo me había detenido, un objeto golpeaba dolorosamente mi atención: sobre los escalones de un monumento mortuorio se sentaba un hombre que había salido a la sazón; estaba muerto pero vivía todavía; presentaba un conjunto de cosas imposibles de ser descritas, su rigidez, su estar muerto vivo, la nada de la una equilibrada por la sensibilidad, por la esencia de la otra; sus pupilas, que como yo sabía, habían sido cegadas con un clavo ardiente, estaban todavía atravesadas por dos pequeños agujeros cuadrados que daban a su mirada algo de terrible y de lamentable al mismo tiempo. A ese hecho se conectaban recuerdos sangrientos, el recuerdo de un delito en el cual yo había tomado parte. Entre la dama del castillo, él y yo había una relación inexplicable. Ahora me miraba con sus pupilas agujereadas, y con el gesto, con una especie de voluntad no manifiesta, pero que yo, no sé cómo, leía en él, me incitaba a liberar a la dama.
Un sendero excavado lateralmente en la roca conducía al castillo, pero los cuantiosos proyectiles que me lanzaban desde las balistas ubicadas en las torres me impedían llegar. ¡Pero, qué cosa tan extraña! Todos esos enormes proyectiles me golpeaban, pero no me mataban; no obstante, me frenaban. A través de los muros del castillo yo veía a la dama correr sola por las habitaciones con sus cabellos negros sueltos, su rostro y su vestido blancos como la nieve, y extender sus brazos hacia mí con expresión de deseo y de piedad infinitos; y mirándola, la seguía por esas salas para mí conocidas y en las cuales habíamos convivido en un tiempo. Verla me animaba a correr en su socorro, pero no podía; los lanzamientos desde las torres me lo impedían, en cada vuelta del sendero la lluvia de proyectiles se hacía más densa y atroz, y esas vueltas eran muchas, y una tras otra, yo subía y subía... La dama me llamaba desde el castillo, se asomaba por los amplios ventanales con los cabellos que llegaban más abajo de sus pechos y con la mano me hacía señas de que me apresurara mientras me decía palabras llenas de dulzura y de amor..., pero yo no podía llegar hasta ella, ¡qué desgarradora impotencia!
Ignoro cuánto duraría esa lucha, tal vez todos los sueños de toda esa noche... Finalmente, no sé de qué manera, llegué a las puertas del castillo, que ahora sin soldados habían quedado indefensas, los postigos atrancados se abrieron solos de par en par chirriando sobre sus goznes oxidados, y sobre el fondo negro del atrio vi a la dama con su vestido blanco de larga cola correr hacia mí con los brazos abiertos, atravesando a una velocidad sorprendente y casi sin rozar el suelo la distancia que nos separaba. Se arrojó a mis brazos con el abandono de algo muerto, con la ligereza de un objeto aéreo, flexible, sobrenatural. Su belleza no pertenecía a esta tierra; su voz era dulce, pero débil como el eco de una nota; sus pupilas negras y veladas por un llanto reciente, penetraban hasta las más recónditas profundidades de mi alma sin herirla, pero llenándolas de golpe con el rayo de su luz. Permanecimos así abrazados durante unos instantes en los cuales se apoderó de mí una voluptuosidad que sacudió hasta la última de mis fibras, nunca antes sentida ni tampoco nunca después. Por un momento me entregué sin más a ese abrazo embriagador, pero no había todavía realizado alguna clase de pensamiento, ni tomado conciencia de esa voluptuosidad, que percibí cómo se operaba en ella una horrible transformación. Sus formas llenas y delicadas que sentía temblar bajo mis manos se aplanaron, reabsorbiéndose antes de desaparecer, y bajo mis dedos que se enredaban entre los pliegues formados de pronto en el vestido, sentí asomar la osamenta de un esqueleto... Horrorizado levanté los ojos y vi su rostro palidecer, afilarse, descarnarse, curvarse sobre mi boca, y con esa boca carente de labios darme un beso desesperado, seco, largo, terrible... Entonces un temblor, un escalofrío de muerte recorrió todo mi ser. Intenté desvincularme de su abrazo, rechazarla..., y en la violencia del acto mi sueño se cortó: me desperté gritando y llorando.
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Volví a mis quince años, a mis ideas, a mis pensamientos, a la puerilidad de todo niño. Aquel sueño me parecía mucho más extraño, mucho más incomprensible que espantoso. ¿Qué clase de sentimientos se habían apoderado de mí en ese estado? Yo no conocía entonces la voluptuosidad d un beso, no había pensado en el amor, no me era posible comprender las sensaciones vividas esa noche. No obstante, estaba triste, poseído por un pensamiento inamovible; me parecía que ese sueño no era solamente un sueño, sino un recuerdo, una idea confusa de cosas, una manera de traer a mi presente un hecho muy remoto respecto de mi vida actual.
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La noche siguiente tuve otro sueño. El lugar era el mismo, pero todo había cambiado; el cielo, los árboles, los caminos ya no eran los de antes; en los lados de la roca se entrecruzaban senderos cubiertos de madreselva; del castillo no quedaba más que unas pocas ruinas, y en los patios desiertos y en los intersticios de las habitaciones de abajo crecían cicutas y ortigas. Al pasar cerca del monumento levantado en el valle y del que asimismo no se conservaba más que algunas piedras, el hombre todavía sentado sobre un escalón intacto, dándome un pañuelo manchado de sangre, me dijo:
─Entrégaselo a la señora.
Me encontré de pronto arriba entre las ruinas: la señora del castillo aparecía sentada a mi lado, estábamos solos, no se oía ni una voz, ni un eco, ni un susurro de la fronda de la campiña, y ella, aferrándome las manos, me decía:
─Vine desde muy lejos para volver a verte, escucha cómo late mi corazón... ¡escucha qué fuerte late mi corazón!... Acaricia mi frente y mis pechos. ¡Oh!, me siento tan cansada, he corrido tanto; estoy extenuada por la larga espera... Son casi trescientos años que no te veía.
─¿Trescientos años?
─¿No lo recuerdas? Vivíamos juntos en este castillo. ¡Pero qué terrible es el recuerdo! No lo evoquemos.
─Sería imposible; yo lo he olvidado.
─Lo recordarás después de tu muerte.
─¿Cuándo?
─Muy pronto.
─¿Cuándo?
─Dentro de veinte años, el veinte de enero. Nuestros destinos, como nuestras vidas, no podrán reunirse antes de ese día.
─¿Y entonces?
─Entonces seremos felices, realizaremos nuestros deseos.
─¿Cuáles?
─Lo recordarás a su tiempo..., recordarás todo. Tu expiación está a punto de terminar, has pasado quince vidas antes de llegar a esta, que es la última. Yo viví siete solamente, y hace ya cuarenta años que terminé mi peregrinaje por el mundo; tú lo acabarás con esta dentro de veinte años. Pero ahora no puedo quedarme por más tiempo contigo; es necesario que nos separemos.
─Antes explícame este enigma.
─Es imposible... Puede pasar que tengas que entenderlo. Ayer le eché en cara su promesa; te he devuelto el medio, esos dos volúmenes, tus propias memorias, esas páginas tan llenas de afecto...; las tendrás, si ese hombre que otrora fue tan fatal para nosotros no te impide recuperarlas.
─¿Quién?
─Tu tío... él... el hombre del valle.
─¿Él? ¡Mi tío!
─Sí. ¿Lo has visto?
─Lo vi, y me dio para ti este pañuelo ensangrentado.
─¡Es tu propia sangre, Arturo ─dijo entusiasmada─, alabado sea el cielo! Él ha mantenido su promesa.
Dichas esas palabras la señora del castillo desapareció, y yo me desperté aterrorizado.
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Mi tío permaneció encerrado dos días en su apartamento. Apenas salió me precipité a entrar para apropiarme de esos dos tomos, pero no encontré más que un montón de ceniza; los había quemado. ¡Cuál no sería el terror que sentí cuando al remover esas cenizas me encontré con algunos fragmentos que parecían escritos de mi propio puño!; y de algunas palabras inconexas que todavía eran inteligibles, pude reconstruir con un gran esfuerzo de memoria períodos íntegros a los cuales los acontecimientos vividos en el sueño solo se referían confusamente. Ya no me era posible seguir dudando acerca de la verdad de aquellas revelaciones, y aunque nunca llegara a conseguir evocar la totalidad de mis recuerdos de modo de disipar las tinieblas que se cernían sobre esos hechos, tampoco sería posible en adelante poner en duda su existencia. El castillo negro era mencionado con frecuencia en aquellos fragmentos, como así también la pasión amorosa que parecía unirme a la señora del castillo, y no faltaban indicios sobre el presunto delito que pesaba sobre el hombre del valle. Además de esto, gracias a una combinación tan singular como espantosa, la noche que había tenido ese sueño era justamente la del veinte de enero, faltaban, por lo tanto, veinte años exactos para mi muerte.
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Después de ese día no pude olvidar jamás el presagio, pero aunque no ponía en duda que hubiese un fondo de verdad en el conjunto de los hechos, había conseguido persuadirme que eran mi juventud, mi sensibilidad, mi imaginación, las que habían contribuido en buena parte a acrecentar su importancia. Mi tío, fallecido seis años más tarde, mientras yo estaba ausente de la familia, no había hecho ninguna revelación referida a aquellos sucesos; por mi parte, yo no había vuelto a tener ningún sueño que pudiera considerarse como un esclarecimiento o una continuación de aquellos; mientras que nuevos afectos, nuevos intereses y nuevas pasiones conseguían arrinconar aquel pensamiento, creando para mí un nuevo estado de cosas, un nuevo orden de ideas, que me alejaban de aquella preocupación triste y obsesiva.
Fueron necesarios otros diecinueve años para que una prueba irrefutable me persuadiera de que todo lo soñado y visto era verdad, y que el presagio sobre mi muerte tendría en consecuencia que verificarse.
En el año 1849, viajando por el norte de Francia, fui río abajo por el Rin casi hasta la confluencia con el más pequeño Mosa y allá me detuve para cazar en esos campos. Cierto día, errando solo en la falda de una pequeña cadena de montes, me encontré de pronto en un valle en el cual me parecía haber estado otras veces, y esta sensación me trajo el terrible recuerdo y dejó en mi mente una luz lúgubre y espantosa. Era el valle del castillo, el teatro de mis sueños y de mi existencia pasada. Aunque todo había cambiado, aunque en los campos, antes desiertos, refulgían las mieses doradas, y del castillo no quedaban más que algunos vestigios semisepultos por la hiedra, reconocí de inmediato ese lugar, y miles y miles de recuerdos nunca antes evocados se agolparon en un instante en mi mente conturbada.
Pregunté a un pastor qué eran esas ruinas, y me respondió:
─Son las ruinas del castillo negro; ¿no conoce la leyenda del castillo negro? Bueno, realmente son varias, y nadie las refiere del mismo modo, pero si usted quiere puedo contarle lo que sé..., si...
─Claro que sí, cuente por favor ─lo interrumpí, sentándome sobre la hierba a su lado.
Escuché de él un relato terrible, algo que jamás revelaré aunque pueda conocerse del mismo modo, y que me permitió reconstruir todo el edificio de aquella pasada existencia mía.
Cuando terminó, a duras penas casi me arrastré hasta un pequeño pueblo cercano, desde donde me trasladaron ya enfermo a Wiesbaden, y allí permanecí en cama tres meses.
Hoy, antes de partir, regresé a ver las ruinas del castillo –es el primer día de septiembre, y faltan seis meses para mi muerte, seis meses menos diez días ya que no dudo que moriré el día prefijado–, y sentado sobre una de las últimas piedras, sentí el extraño deseo de dejar algún relato acerca de mi persona y su circunstancia, y así, remontando mi memoria, escribí estas páginas bajo la impresión de un inmenso terror.
Nota del editor: El autor de estas memorias, que fue mi amigo y literato de alguna fama, prosiguió su viaje al interior de Alemania y murió el veinte de enero de 1850, tal como le había sido presagiado; lo asesinaron en las gargantas así llamadas de Giessen, en las cercanías de Friburgo. Encontré estas páginas entre sus muchos manuscritos y las he publicado.
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Nota · Esta traducción de Nahuel Cerrutti, del cuento Leggende del castello nero, fue publicada en, Iginio Ugo Tarchetti: Cuentos fantásticos. Violín de Carol Ediciones, Colección «Sueños de la ficción · 9», Madrid, 2007; y Nahuel Cerrutti Carol · Editor, Colección «Sueños de la ficción · Narrativa», Buenos Aires, 2016. Y ahora, diciembre de 2025, por separado, en la sección de Narrativa de este blog: nahuelcerrutti.com