Emilio De Marchi · Un pobre perro. Traducción: Nahuel Cerrutti.
Hacía más de una hora que en la granja Mornata almorzaban alrededor de una larga mesa, entre un gran tintineo de platos y vasos, en una habitación de abajo, delante de una inmensa chimenea donde ardía una planta. Rocco, el inquilino, pagaba cincuenta mil liras al año de alquiler, y en buena moneda, lo que le otorgaba el derecho de comer bien y de pasear su vientre redondo como un barrilito.
Sobre una masera pegada a la pared estaban alineadas unas cincuenta botellas de sórdido aspecto, pescadas propio para la ocasión solemne de la santa Navidad en los agujeros más profundos de la cantina. En la cocina aún crujían sobre los hornillos dos pavos grandes en un baño de mantequilla; en la estufa, poco a poco, se cocinaba un timbal de pichones y sesos con la corteza de flor de harina y azúcar, tan ligero y digestivo que se puede comer siempre sin riesgo. Cuando los dos grandes pavos de color cobre y sudados como la piel de un villano bajo el sol de julio llegaron a la mesa, entre dos grandes ensaladas y los vivas de todos, a Giacotto, el más joven de los hijos de Rocco, le saltaron los lagrimones, porque distraídamente el pobrecito se había dejado llevar por la sopa y el cocido y no le quedaba vacío ni un agujero.
Papá Rocco se valió de la ocasión para darle al hijito una lección de prudencia, diciéndole que en este mundo es necesario no perder de vista las cosas so pena de sufrir o pagar del bolsillo propio.
A los pavos con la ensalada siguió la nata con las galletas y el bizcocho, una cosa ligera y fresca que molifica y unta la máquina; y después la fruta y el queso, algo, claro está, necesario; después todavía, una gelatina dulce y temblorosa en el aire como el sueño de una rubia inglecita enamorada, una espuma que se evapora en el estómago, ¡oh Dios! Después... no sé qué más, pero Basolone, el cocinero de la granja Mornata, guiñaba el ojo al señor Rocco, con la cara contenta, para decirle que ahora habían llegado al punto. ¿De qué?
–Calla, no se debe decir.
–Sí, habla, nosotros queremos saberlo también.
–Después del café, después del ron.
–No, ahora.
–Sí.
–No.
Celeste, una niña grácil y pálida, alumna de las monjas, hija de una hija de Rocco, que sabía también lucirse en la mesa, se levantó de un salto para decir: –¡Son los sorbetes! –y golpeaba el plato como si fuera un tambor.
–¡Viva Basolone! –gritó toda la brigada mientras levantaban los vasos, y a lo que se sumaron los dos bracos cuyos fuertes ladridos hicieron vibrar los vidrios.
La granja Mornata era un vasto caserío cuadrado, poco alto, gris, con el techo torcido, las pilastras carcomidas, los miradores de madera rústica, cerrado por un gran cobertizo, también sostenido por pilastras, donde se guardaba el heno, la paja y la mullida. En medio se abría el patio, atestado de carros, de aparejos, de toneles, y donde el estiércol esparcido y mezclado con la nieve machacada chorreaba formando hacia el hueco de la puerta un charco color chocolate. Quien no tuviera botas de caña alta se arriesgaba a no salir jamás, y los dos bracos, cuando corrían al encuentro de las carrozas se embadurnaban hasta las orejas. A la derecha estaba el establo con doscientas vacas; a la izquierda la cuadra con diez potros; en el fondo, el gallinero; sobre las repisas, las palomeras; por aquí, la pocilga, por allá, la habitación del patrón.
Al lado de Rocco se sentaba la mamá Giuditta, una mujer que había vivido su historia galante en los tiempos en que los rizos no eran así de raros y blancos; desde entonces conservaba bien un porte distinguido y una tez fresca bajo un velo de maquillaje, y los ojos... verdaderos ojos asesinos, que más de una vez habían trastornado los balances de la administración. A su derecha, siguiendo una costumbre de muchos años, se sentaba el administrador, que de los viejos tiempos no conservaba más que los dientes y un corazón siempre disponible. De los hijos de Rocco solo faltaba el pobre Pippo, muerto seis meses antes de una indigestión de sandías. Una desgracia es una desgracia, pero después de seis meses, en una circunstancia como esta, está permitido tener apetito. Los otros hijos de entre quince y treinta años estaban sentados a la buena de Dios, vestidos de terciopelo, con grandes botones de cobre; unos muchachotes de anchas espaldas, con una voz tremenda y ciertos estómagos de cazador... La hija había venido con su marido y la niña; resplandecía de joyas como una Virgen de pueblo, y su vestido de seda color sangre, al igual que las plumas de los capones, distribuía trasparencias y fosforescencias.
Así pues, sin prisa pero sin pausa, no paraban de comer desde hacía una hora y media. El fuego crepitaba en la chimenea como los chupinazos de las fiestas; mientras tanto, los dos bracos engullían entre resoplidos ciertos platos de picadillo de carne y salsa de hacer morir de plenitud solo de verlos a un maestro rural. Papá Rocco bebía el vino en taza, porque –decía–, el vino con asa es mejor, y no creáis que esto es todo; vaciad lo que hay y tendréis otros cincuenta más viejos, buenos como para levantar a los pobres muertos si desde aquí nos fuéramos hasta el camposanto a oler la hierba. Bebed, muchachos, que el alquiler está pagado, los heniles están llenos, y el negocio no va como desearía el diablo. La encargada me dio una lista de sesenta ocas, cincuenta pollos, dos docenas de huevos cada semana. Hay para hacer navegar un barco en crema. La Bianca y la Bersagliera obtuvieron un premio en la Exposición de Novara, y vacas con tetas semejantes no las hay ni siquiera en Milán; ¿digo bien, señor contable? Por lo tanto, bebamos y seamos felices, que la santa Navidad llega una vez al año y seguid el consejo de vuestro padre, que bebe el vino en taza. Vuestro padre está viejo, pero nunca hizo el primo con nadie: quien se deja embaucar con bellas palabras es un papanatas digno de comer pan de afrecho. Ojo hay que tenerlo, atento Giacotto; ojo a las cosas y a no creerse que el mundo vaya a cambiar mañana por la mañana, para darle el gusto a esos señores que escriben en los periódicos y que mandan las encuestas sobre la pelagra, que mandan...
–¡Uh, uh, uh! –se escuchó de pronto ese lamento desde el fondo perdido de los campos.
–¿Qué es eso? Escuchad.
Todos hicieron silencio, y volvieron a oír:
–¡Uh, uh, uh! –desde el campo profundo cubierto de nieve.
–¿Es un perro o un alma del purgatorio que se mofa?
–Es un perro.
–Sé que en la noche de Navidad las almas vagabundean: serán puras patrañas, pero también a los muertos les debe molestar no poder meter los pies bajo la mesa.
–¿Giacotto, sabes de quién es ese perro?
–Es de Pattina; lo encontraron el otro día cerca de Scesa, muerto en la orilla de la acequia.
–¿Lo encontraron muerto?
–¿No habrá sido por una insolación, no? –preguntó, riendo, Battistone.
–Pattina estaba medio loco por la pelagra –dijo Giacotto– y bailaba en la calle como si escuchara algún organillo; decían que bailaba por la fiebre...
–Y después?
–Después, cuando fue hacia Scesa y vio el agua del pantano, que estaba casi congelada, se quitó los zapatos y los pantalones y se zambulló; pero se golpeó la cabeza con la punta de una de las piedras del puente. Yo lo vi después, porque murió del golpe y los sesos...
–Quieres acabarla ya, bestia peluda que otra cosa no eres, con tus historias –gritó papá Rocco, haciendo el gesto de tirarle el vino a la cara al hijo. Si se murió, es porque había llegado su hora, y cuando llegue la mía, yo también perderé el pellejo, sin necesidad de que el doctor, el alcalde y el prefecto vengan para incluirme en las estadísticas.
–¿Hablaron contigo todos esos señores?
–¡Habría que haberlo visto! Delegados, policías, doctores, el farmacéutico, un regimiento: preguntaron nombres y apellidos de Pattina, edad, condición, cuánto tiempo estuvo enfermo, qué había comido, qué había bebido, examinaron el pan amarillo con el microscopio; ¡ah! ¡ah!..., ¡el mundo está lleno de locos!
–¡Uh, uh, uh!
–Pero, ¿qué quiere este perro? –preguntó de repente Rocco volviéndose hacia Basolone.
–Apenas muerto Pattina, el perro empezó a correr desde el puente a la granja, ida y vuelta, y ya no hace otra cosa. Se mete bajo el puente, olfatea, escarba, levanta el hocico hacia Mornata, y aúlla..., y eso es todo.
Todos escucharon lo que parecía el lamento de una multitud sepultada bajo la nieve; había sonidos humanos dentro de los aullidos del perro, y vaya uno a saber por qué, pero a Rocco le hacía el efecto de tener ranas en el vientre.
–Él también es del comité –masculló–, es un perro que ha estudiado. ¡Cómo si la pelagra la hubiese inventado yo! Por suerte somos viejos y hemos vaciado muchas tazas sujetándolas por el asa, si no, a escucharlos, habría que plantar el arroz en el vino y construir las granjas en medio del lago de Como.
–¡Uh, uh, uh!
–¡Mamá! ¡Mamá! –gritó la pequeña Celeste, escondiendo la cara en el pecho de su madre.
La mamita, que también estaba pálida, procuraba, acariciándola, persuadirla de que se trataba solo de un perro hambriento, pero el corazón de la niña se resistía a creerlo. De hecho, cerca del perro había un muerto, que ya no tenía hambre, pero que tal vez la había tenido.
–Llevadle algo de comer a esa bestia, si es que tiene hambre –dijo Rocco, moviéndose intranquilo sobre la silla. –Alguna cosa habrá quedado en la cocina también para él.
Pero Basolone, poniendo sus ojos en blanco, dio a entender que para salir a esas horas en la oscuridad de la noche, nevando, no tenía coraje. El perro no cesaba de aullar, y quien lo hubiera visto en el borde del puente, con el pelo erizado y los ojos rojos..., se habría persignado dos veces al mismo tiempo.
Rocco no sabía nada sobre la transmigración de las almas, como tampoco había leído nunca nada acerca de la existencia de un hombre llamado Pitágoras, pero en aquellos aullidos le parecía oír con claridad la voz de Pattina, ¿o eran los vapores del vino que se le subían a la cabeza?
Visto que Basolone no mostraba la menor intención de moverse, que la niña no dejaba de llorar, ni el perro de hacer escuchar su elegía; se levantó de golpe Battistone, el segundo de los hijos de Rocco, y dijo:
–Iré yo.
Descolgó de la chimenea una buena escopeta de dos cañones, y mientras subía las escaleras hacia su dormitorio, la cargó gruñendo:
–¡Veremos qué pasa!
Battistone, entre los hijos de Rocco, era el predilecto, porque estaba con cien ojos a las cosas, siempre alerta, era de los que no dejan escapar un pájaro al vuelo. Abrió la ventana que daba a los campos y al puente, que franqueaba la ciénaga grisácea, entre dos hileras de abedules secos. La campiña estaba blanca como una sábana, y detrás de las ramas de los abedules se desgarraba un poco el cielo para dar paso a la luz de la luna, que brillaba lánguidamente, como tantas puntas de alfileres sobre la extensa pradera.
El perro, que se había agachado para escarbar, levantó una vez más el hocico, erguido sobre lo más alto de la curvatura del puente, con las orejas paradas, temblando todo su cuerpo bajo los rayos de la luna. Battistone apuntó entre los ojos rojos... y lo mató.
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Nota: Esta traducción de Nahuel Cerrutti, del cuento Un povero cane, fue publicada en, Emilio De Marchi: Cuentos de Navidad. Violín de Carol Ediciones, Colección «Sueños de la ficción · 8», Madrid, 2006; y, Nahuel Cerrutti Carol · Editor, Colección «Sueños de la ficción · Narrativa», Buenos Aires, 2018. Y ahora, febrero de 2026, por separado, en la sección de Narrativa de este blog: nahuelcerrutti.com